La Barca de San Pedro y los dos Introitus de San Pedro y San Pablo
En la noche entre el 28 y el 29 de junio, en muchas casas italianas aún se prepara “La Barca de San Pedro”: un recipiente de agua, un poco de clara de huevo, la oscuridad. Por la mañana, en el agua, una forma frágil: un árbol, una vela. Es un gesto sencillo y popular, alguna vez leído como un presagio para la temporada; junto con los dos Introitus gregorianos de la Solemnidad [1], se vuelve una pequeña parábola cristiana.
El primero es el de la Vigilia: Dicit Dominus Petro. Son las palabras del Resucitado en Juan:
«Cuando eras más joven te ceñías por ti mismo e ibas a donde querías; cuando seas viejo, extenderás las manos, y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras» (Jn 21, 18).
La fiesta de Pedro no se abre con el dominio, sino con la entrega: no con el timonel que posee la ruta, sino con el hombre que aprende a dejarse conducir. Como la barca, que no vive ordenando al viento sino dejándose atravesar por él: la vela no produce el soplo, lo acoge y le da forma. No por otra cosa – lo mostró Hugo Rahner en Símbolos de la iglesia [2] – esa barca dice desde siempre algo fuerte sobre la Iglesia: su mástil recuerda la cruz, su ruta es custodiada por Cristo.
El segundo, es el del día: Nunc scio vere. Viene de los Hechos de los Apóstoles, después de la noche en la cárcel:
«Ahora sé realmente que el Señor envió a su ángel y me libró de la mano de Herodes» (Hch 12, 11).
Las cadenas caen, la puerta se abre, y Pedro comprende sólo una vez que se encuentra fuera. No es el saber de alguien que controla los acontecimientos, sino el asombro de quién se descubre liberado y lo reconoce después. Como la “Barca de Pedro” que se deja en el agua por la noche: en la oscuridad algo ocurre sin que se vea, y por la mañana la forma está allí.
Dos Introitus, dos tiempos de un solo camino: primero dejarse llevar, después descubrirse liberados; primero la vela expuesta al soplo, después La Barca que al amanecer muestra su perfil.
También nosotros somos poco más que esa clara de huevo en el agua: frágiles, sin forma. Pero la fe no desprecia lo poco: lo expone a la noche y deja que lo atraviese el soplo de Dios. Y lo que era casi nada puede convertirse en vela, no porque seamos fuertes o conozcamos la ruta, sino porque el Señor hace con nosotros lo que hizo con Pedro: conduce, libera, confirma
Por la mañana, una pregunta: ¿estoy buscando dominar al viento, o estoy aprendiendo a dejarme llevar?
El artículo en su versión en italiano, lo puede leer en el Blog del P. Claudio Campesato haciendo click AQUÍ
