Sábado, 20 Junio 2026

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El pecado de la “batología”

El pecado de la “batología”

Una reflexión sobre la monición al Padre Nuestro

Quizás este pecado nunca lo hemos escuchado nombrar. Sin embargo, es una de las tentaciones más sutiles en las que puede caer quien preside la liturgia: multiplicar palabras precisamente cuando el rito pide dejar hablar a Cristo.

El término “batología” es raro, casi curioso. Viene del griego βατταλογέω, que en Mt 6, 7 aparece en la forma βατταλογήσητε: «al orar, no “batologuen”», podría traducirse literalmente. Las versiones en español dicen: «no hablen mucho», «no utilices palabras inútiles», o «no multipliquen las palabras». Pero el verbo evangélico es más cortante: no condena la repetición orante, más bien la palabra que se vacía de sentido multiplicándose, el discurso religioso que crece precisamente mientras pierde la escucha.

E inmediatamente después Jesús entrega el Padre Nuestro: «Ustedes, entonces, oren así». La oración del Señor nace, entonces, como respuesta a la “batología”. Su brevedad no es una característica de estilo, sino de teología: es la medida de la oración entregada por Cristo mismo. Una oración surgida como corrección a la redundancia religiosa no puede ser introducida por un comentario largo sin que su lógica no se ponga de cabeza. Incluso la monición que la introduce debe entonces aprender a callar.

La liturgia romana lo ha custodiado en una fórmula de extrema sobriedad.

Hay una sabiduría también en las palabras breves. Antes del Padre Nuestro, el Misal latino no comenta, no explica, no multiplica: Praeceptis salutaribus moniti et divina institutione formati, audemus dicere. Guiados por preceptos de salvación y formados por la enseñanza divina, nos atrevemos a decir. Es una monición casi con pudor. No toma posesión de la oración del Señor, se retrae ante ella. Y quizás precisamente aquí resuena el Evangelio: «Cuando oren, no desperdicien palabras» (Mt 6, 7).

Antes del Padre Nuestro, la palabra del ministro no debería convertirse en una pequeña homilía, sino abrir el espacio para que la Iglesia se atreva a decir lo que por sí sola nunca habría podido inventar: Padre.

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Tres palabras rigen esa invitación.

Praeceptis salutaribus moniti: no oramos por iniciativa nuestra, sino porque respondemos al mandamiento del Señor; el Padre Nuestro no es una invención devota, es palabra recibida.

Et divina institutione formati: Cristo no se limita a ordenar, sino que forma desde dentro nuestra forma de orar; la oración es obra suya en nosotros, no un discurso que nosotros agregamos.

Audemus dicere: nos atrevemos a decir lo que por nosotros mismos no nos atreveríamos, llamar Padre a Dios. El centro no es la confianza producida por el ministro, sino la audacia filial recibida como don.

Vale la pena detenerse en cómo el Misal para Italia entrega esa fórmula: «Obedientes a la palabra del Salvador y formados por su divina enseñanza, nos atrevemos a decir». (El Misal para México dice: «Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir». Nota del traductor).

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E incluso su colocación tiene una historia, que dice por qué esa oración, y no otra, está ahí, sobre las ofrendas consagradas. Gregorio Magno, respondiendo a Juan de Siracusa, defendía la colocación del Padre Nuestro después del Canon precisamente porque no le parecía conveniente decir sobre el Cuerpo del Señor una oración compuesta por un erudito y callar, en cambio, aquella entregada por Cristo mismo. El punto es decisivo: en ese lugar la Iglesia no pone en primer plano la palabra del ministro, sino la palabra del Señor. El Padre Nuestro ocupa ese lugar porque viene de Él; toda monición, por útil que sea, queda en segundo plano.

Orationem vero dominicam idcirco mox post precem dicimus, quia mos apostolorum fuit, ut ad ipsam solummodo orationem oblationis hostiam consecrarent. Et valde mihi inconveniens visum est, ut precem quam scholasticus composuerat super oblationem diceremus, et ipsam traditionem quam Redemptor noster composuit super eius corpus et sanguinem non diceremus.

«Digamos entonces la oración del Señor inmediatamente después de la oración [eucarística], porque era costumbre de los apóstoles consagrar la hostia de la oblación con esa única oración. Y me parece muy inconveniente que digamos sobre la oblación una oración compuesta por un escolástico y que no digamos, en cambio, sobre su cuerpo y sangre esa misma tradición que nuestro Redentor compuso» (Gregorio Magno, Registrum epistularum, libro IX, epístola 12).

Es un texto entregado que interpreta más que traducir. El término latino moniti – el hecho de ser guiados, recordados desde fuera – se convierte en obedientes, y el acento cambia imperceptiblemente de lo que nos guía a aquello en lo que nos convertimos; y los praeceptis salutaribus, los preceptos de salvación, se convierten en la «palabra del Salvador», disolviendo en clave cristológica lo que el latín dejaba más sobrio e impersonal. [1]

No hay nada que haya sido traicionado; pero vale la pena darse cuenta de ello, porque incluso una buena traducción elige, y toda elección cambia un poco el peso de lugar. La sustancia, sin embargo, permanece: aún antes de orar, ya hemos sido precedidos.

Es la misma audacia que el Oriente cristiano nombra con una palabra griega, parresia: la libertad de palabra del Hijo ante el Padre. La liturgia bizantina pide haber sido hecho dignos de atreverse a invocar a Dios como Padre; y así Oriente y Occidente marcan el mismo punto. No se trata de una familiaridad psicológica, de un tono confidencial que el celebrante puede producir a placer, sino de una valentía que es entregada.

Καὶ καταξίωσον ἡμᾶς, Δέσποτα, μετὰ παρρησίας, ἀκατακρίτως, τολμᾶν ἐπικαλεῖσθαί σε τὸν ἐπουράνιον Θεὸν Πατέρα, καὶ λέγειν·Πάτερ ἡμῶν…

(Y haznos dignos, oh Soberano, de atrevernos, con parresia y sin condena, a invocarte, Dios celestial, como Padre, y decir:
Padre Nuestro…)

La fórmula, por lo demás, no es una invención reciente: es antigua, pulida por siglos de uso litúrgico, perteneciente al fondo antiguo del Ordo Missae.

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De aquí surge una consecuencia práctica y delicada. La liturgia no ignora lo concreto de las asambleas: en algunos casos el Misal ofrece fórmulas distintas, y la Instrucción General admite que ciertas moniciones previstas por el rito puedan ser adaptadas.

Las otras fórmulas propuestas en el Misal para Italia confirman la misma medida. [2]

«Guiados por el Espíritu de Jesús e iluminados por la sabiduría del Evangelio, nos atrevemos a decir»: el sujeto profundo no es el ministro que introduce, sino el Espíritu que guía y el Evangelio que ilumina. La monición no agrega un pensamiento propio; reconoce una conducción ya en acción. No crea el clima de la oración, sino que confiesa que la Iglesia puede orar porque es precedida por una guía y una luz.

Otra fórmula dice: «El Señor nos ha entregado su Espíritu. Con la confianza y la libertad de los hijos digamos juntos». Aquí el orden es decisivo. Primero viene el don del Espíritu; sólo después la confianza y la libertad de los hijos. No se trata, entonces, de producir un tono confidencial, ni de invitar de manera general a la asamblea a “sentirse familia”. La libertad con la cual la Iglesia dice “Padre” no nace de una disposición psicológica, sino de una condición recibida: el Espíritu nos hace hijos, y por eso podemos hablar como hijos.

La tercera fórmula mira en cambio hacia su colocación ritual: «Antes de participar en el banquete de la Eucaristía, signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna, oremos juntos como el Señor nos enseñó». Es la más amplia, pero sigue siendo disciplinada. No moraliza la fraternidad, no transforma el Padre Nuestro en un llamado sentimental, no resume el Evangelio del día. Dice sencillamente en dónde estamos: en los ritos de comunión, frente al banquete eucarístico, dentro de un gesto que pide reconciliación y construye unidad. También aquí la monición no retiene a la asamblea en sí misma; la entrega a la oración enseñada por el Señor.

De estas fórmulas surge una pequeña gramática ritual. Una monición antes del Padre Nuestro puede nombrar el don recibido – la palabra del Salvador, el Espíritu, el Evangelio, la Eucaristía – y disponer a la asamblea a la actitud con la cual entrar en la oración: obediencia, audacia, confianza, libertad, reconciliación. Pero precisamente por eso debe después conducir de inmediato al acto común: nos atrevemos a decir, decimos juntos, oramos juntos.

Las fórmulas del Misal no son una licencia para la creatividad verbal: son una escuela de mesura. Muestran que, incluso cuando se adapta, no se trata de inventar una pequeña homilía, sino de custodiar en pocas palabras el paso a la oración del Señor. El margen existe, pero es un margen de servicio, no de posesión. El celebrante no recibe la tarea de agregar un segundo discurso al Padre Nuestro, sino de conducir a la asamblea al umbral de la oración y después hacerse a un lado.

El punto, entonces, no es perseguir cualquier mínima variación como si fuera un delito ritual; es custodiar la naturaleza de la monición. Ésta introduce un acto, no abre un paréntesis. Cuando la palabra del ministro se alarga, la palabra de Cristo corre el riesgo de ser precedida más que servida – y una oración nacida contra el desperdicio de palabras se encuentra precedida por un desperdicio de palabras.

Una buena monición antes del Padre Nuestro no explica todo. Recuerda de quién viene la oración, dispone a la asamblea a la audacia filial, y después se detiene. No es el momento para resumir el Evangelio, para agregar apuntes morales, para transformar la oración del Señor en un balance de experiencias de la celebración. Es, en el fondo, un umbral: sirve para abrir, no para retener. La monición es una puerta, no una habitación más. Y quizás es precisamente aquí, en limitarse a la oración que el Señor nos enseñó, que la liturgia enseña también algo más: a no desperdiciar palabras.

El artículo original en italiano puede leerse en el Blog “Pes allegoricus” del P. Claudio Campesato haciendo click AQUÍ

NOTAS

[1] En el caso del Misal para México, el término latino moniti se convierte en fieles, y los praeceptis salutaribus, los preceptos de salvación, se convierten en la «recomendación del Salvador» (Nota del traductor).

[2] En el Misal para México, las otras fórmulas previstas como monición al Padre Nuestro son las siguientes: «Llenos de alegría por ser hijos de Dios, digamos confiadamente la oración que Cristo nos enseñó», «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado; digamos con fe y esperanza» y «Antes de participar en el banquete de la Eucaristía, signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna, oremos juntos como el Señor nos ha enseñado». En el caso de la primera fórmula aquí citada, primero viene la alegría causada por ser hijos de Dios y luego la confianza de orar con la oración del Señor. El orden en que se mencionan los elementos de la monición es determinante: no se puede decir confiadamente la oración del Señor sin antes ser conscientes de nuestra condición de hijos, entregada como don que llena de alegría. La segunda fórmula en el Misal para México deja claro nuevamente que el orden de los eventos es decisivo, como menciona el P. Campesato. Es sólo porque el amor de Dios ya ha sido derramado, a través del Espíritu Santo recibido, que nosotros podemos decir las palabras enseñadas por el Señor con fe y esperanza. La tercera fórmula en el Misal para México es igual a la tercera del Misal para Italia, comentada por el P. Campesato en su artículo (Nota del traductor).

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