Martes, 04 Agosto 2026

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«Intrate Matris limina». La casa de la Madre y el umbral del Perdón

«Intrate Matris limina». La casa de la Madre y el umbral del Perdón

El Perdón cantado: el oficio seráfico del 2 de agosto en el Antifonal franciscano preconciliar (ed. 1928)

A la Reverenda Madre y a las Hermanas Clarisas
del Monasterio del Buen Jesus en Orvieto:
«custodivit nos in omni via».
Con afecto fraternal y reconocimiento perenne.

El 2 de agosto la iglesia celebra a la Santísima Virgen María de los Ángeles de la Porciúncula. Quién abre el libro para cantar sus Vísperas encuentra, para antífonas y salmos, el Común de la Santísima Virgen María con la salmodia actual del salterio. [1] el día tiene una Colecta y lecturas propias; ya no tiene un antifonal propio.

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Lo tuvo. El Antiphonale Romano-Seraphicum de 1928 lo transmite en las páginas 830-842: quince antífonas salmódicas, dos antífonas evangélicas, tres himnos, los responsorios breves de las Horas menores. Casi todas las piezas están construidas sobre fragmentos bíblicos elegidos uno por uno, y la elección no es casual.

Vale la pena leerlo por una razón que no es arqueológica. El Perdón de la Porciúncula ha sido narrado por las fuentes franciscanas, predicado por siglos, regulado por normas canónicas; pero una elaboración litúrgica extendida la recibió sólo una vez, aquí. Quien quiera saber qué es lo que la familia franciscana pensó al cantar sobre su don más célebre debe ir a estas páginas. En otras partes el Perdón se relata; aquí es sujeto de oración.

Lo que sigue es entonces la teología de un formulario histórico, leído en el tiempo en el cual estaba vigente.

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Nota acerca del testimonio

Los textos aquí estudiados son citados por el Antiphonale Romano-Seraphicum pro horis diurnis (Desclée, Parisiis–Tornaci–Romae 1928), pp. 830–842, edición aprobada por la Sagrada Congregación de Ritos el 13 de octubre de 1928 y promulgada por el Ministro General Bonaventura Marrani el 18 de octubre del mismo año.

El volumen es un libro de las Horas diurnas: el Matutino no se encuentra en él y las lecturas, los responsorios nocturnos y las antífona del oficio nocturno permanecen por ello, fuera de esta lectura. Permanece fuera también la Misa, cuyo formulario pertenece al Missale Romano-Seraphicum.

No es el único testimonio del repertorio y no pretende serlo. El prefacio Ad Cantorem declara con candor su genealogía: las partes del propio vienen del Antiphonarium editado por Eusebio Clop en 1903, nunca ha aprobado oficialmente y entonces agotado por años, el menor medida por los propios de algunas Diócesis; y cerca de 80 antífonas recibieron para esta edición, melodías nuevas. Antes y después existen otros libros – el Cantuale de 1922 y de 1951, el Breviarium de 1938 con su suplemento, el Proprium reformado de 1974 – y cada uno relataría una fase distinta de la misma historia.

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Aquí no se relata esa historia. 1928 no ha sido tomado como fecha de composición ni como forma definitiva, sino como la forma en la cual este oficio fue cantado materialmente: un libro de canto para las Horas diurnas, con sus notas tetragrama, que los frailes y las hermanas abrían el 2 de agosto. Lo que se busca en él no es la cronología de los textos sino el camino teológico que ellos diseñan in cantu – el camino, la casa, el umbral – y que se ofrece, hoy como entonces, a quien hace oración con él.

El oficio matutino no aparece en él, porque el volumen es sólo de las Horas del día; la Misa pertenece a otro libro. Los textos latinos están transcritos del ejemplar, los lugares bíblicos recopilados de la Vulgata clementina.

I. ¿Qué dedicación?

No es, entonces, una dedicación sustituida por el Perdón. Es una dedicación leída en su faceta receptiva: la casa, no ante todo como morada de Dios, sino como el lugar en donde el hombre es esperado, escuchado y enviado de vuelta sin deudas.

Quien abre el Común de la dedicación de una Iglesia sabe con anticipación lo que va a encontrar. La ciudad santa que desciende del cielo, las piedras vivas, la casa fundada en la roca, el santo temor del lugar: Caelestis urbs Ierusalem, Domus mea domus orationis vocabitur, O quam metuendus est locus iste. [2] Es una teología del lugar y del edificio eclesial: dios toma una morada, y la morada visible se convierte en signo de la Iglesia y de la Jerusalén celestial.

El formulario seráfico del 2 de agosto no rechaza este lenguaje. En las Laudes canta los dos textos clásicos de la dedicación del templo, ambos tomados del relato salomónico: Sanctificavi domum hanc, ut ponerem nomen meum ibi in sempiternum e Oculi quoque mei erunt aperti, et aures meae erectae ad orationem eius qui in loco isto oraverit. [3] la dedicación está, y es aquella mayor bíblicamente.

Pero es elegida en un registro determinado. De los muchos versículos disponibles, el formulario toma aquellos en los cuales Dios declara tener abiertos ojos y oídos hacia quienes harán oración en ese punto. No la ciudad que desciende, no el temor: la promesa de la escucha. Y la rodea de textos que no pertenecen al Común – el umbral sapiencial, qui vigilat ad fores meas quotidie, et observat ad postes ostii mei; la invitación, inclinate aurem vestram, et venite ad me; en las primeras Vísperas, el camino; en las segundas, la llegada de los pueblos desde lejos.

II. Las primeras Vísperas: el camino

En su formulación tradicional la concesión no fija un día sino un arco: es válida una vez al año, desde las primeras Vísperas, incluida la noche, hasta las Vísperas del día siguiente [1]. Antes de ser un tema, el Perdón es, para este formulario, una duración; y la duración comienza aquí. Las antífonas que siguen son las primeras palabras que la fiesta pronuncia.

Son cinco y ninguna pertenece al Común de la dedicación [2].

1. Ite in domum Matris vestrae. (Vayan a la casa de su madre).
2. Benedicta inter mulieres, et benedicatur in tabernaculo suo. (bendita entre las mujeres, y bendita en su morada).
3. Laetetur anima vestra in misericordia eius. (Que se alegre su alma en su misericordia).
4. Custodivit nos in omni via. (Nos ha protegido a lo largo de todo el camino).
5. Inclinavit super nos misericordiam, ut daret nobis vitam. (Ha inclinado sobre nosotros su misericordia, para darnos la vida)

Ninguna es una composición libre: son fragmentos bíblicos tomados de cinco libros distintos – Rut 1, 8; Jueces 5, 24; Sirácides 51, 37; Josué 24, 17; Esdras 9, 9 [3]. Y los salmos no son propios: es la serie festiva mariana ordinaria. El trabajo de composición, entonces, no consiste en inventar textos, sino en buscar en la Escritura fragmentos que se insertarán en un salterio ya existente. El criterio de esa búsqueda se deja de describir con precisión.

Ante todo, toda antífona suprime los nombres propios de su contexto. Desaparecen Noemí y las nueras, desaparece Yael, mujer de Eber el Ceneo, desaparecen el rey de Persia, Egipto, los pueblos atravesados. Permanece un sujeto vacío y un imperativo, y el vacío es ocupado por los dos protagonistas de la fiesta: la Madre y el que camina hacia ella.

En segundo lugar, tres antífonas de cinco llevan en su interior la palabra misericordia. No en el contexto: en el texto cantado. La primera no se detiene en la invitación sino continúa faciat vobiscum Dominus misericordiam; la tercera y la quinta la repiten. El que compiló la serie no buscaba imágenes, buscaba un lexema.

En tercer lugar – y este es el punto en el cual la selección se revela como deliberada – tres antífonas hablan de casa, y cada una está colocada sobre el salmo que habla de la misma casa. La tercera, que canta la misericordia, está sobre Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus. La cuarta, que canta el camino protegido, está sobre Nisi Dominus aedificaverit domum, in vanum laboraverunt qui aedificant eam. La quinta, que nombra la casa de Dios, está sobre Lauda Ierusalem Dominum. Antífona y salmo se responden sobre la misma palabra, y la palabra es domus.

Dos antífonas merecen atención.

La primera viene del libro de Rut, donde es Noemí quien despide a las nueras y envía a cada una a la casa de su madre – es decir de regreso, hacia Moab. Separada del relato es colocada al inicio de la fiesta, la frase cambia de destinatario y de dirección: la casa hacia la cual se camina es ahora la de María, y la domus matris se identifica con la Basílica.

La segunda aplica a la Virgen un elogio que, en la Escritura, es de Yael. Al quitar el nombre, benedicta inter mulieres se refiere espontáneamente a Lc 1, 42 y el tabernaculum se convierte en el mariano. La operación no es una invención del compilador: Antonio di Padova ya lee Jueces 5, 24 como texto mariano y concluye un sermón llamando a María tabernáculo no manufacturado, construido y dedicado por la gracia del Espíritu [4]. En un oficio seráfico para una dedicación mariana, la cadena tabernaculum – dedicatum – Maria es la cadena antoniana.

En cuanto a la última antífona, ésta no calla lo que su contexto bíblico dice: lo reporta. En Esdras la misericordia se ha inclinado sobre Israel para que se diera la vida y se alzara la casa de nuestro Dios. Es el capítulo de la gran confesión de las culpas y la recompensa de la confesión es un edificio vuelto a edificar. Culpa y casa, penitencia y dedicación, están en el mismo versículo antes de estar en la misma fiesta.

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La palabra indulgentia aún no ha sido pronunciada. Pero el campo lexical está dispuesto: casa de la Madre, misericordia, camino protegido, vida restituida, casa de Dios levantada. En donde el común de la Dedicación dice o quam metuendus est locus iste, este formulario dice ite: entren. El lugar tremendo se ha convertido en lugar en el cual se es esperado. En las antífonas la teología procede por selección y por corte, antes que por enunciado –y procederá por enunciado dentro de poco, porque la hora no termina aquí.

El capítulo está tomado de Sirácides 24, el capítulo en el cual la Sabiduría describe su morada: ego quasi libanus non incisus vaporavi habitationem meam [5]. Es el puente. Las antífonas han enviado a alguien hacia una casa; el capítulo hace hablar a aquella que habita esa casa.

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Después el oficio deja de hacer alusiones. El himno de las primeras Vísperas, Cantibus sacris hodie resultet, es el primero de los tres relatos del formulario, y cuenta el evento desde lo alto [6]. La iglesia mariana muy querida para Francisco resuena con cantos sagrados por los dones de Cristo derrama allí, por petición de su Madre. Y Cristo habla en discurso directo:

Dixerat Iesus: Faciam quod optas;
quisquis huc, Mater, veniet suosque
flebit errores, placet hunc ab omni
solvere noxa.

Había dicho Jesús: haré lo que deseas; quien quiera que venga aquí, oh Madre, y llore sus errores, me agradará liberarlo de toda culpa

Las estrofas siguientes disponen a las multitudes alrededor del trono de María, hic, ubi aeternae reserata perstat ianua vitae –aquí, donde la puerta de la vida eterna está abierta. Después el relato se vuelve institucional: los habitantes de Asís hacen competencia para adornar el altar, la pequeña capilla es incluida en el gran templo y miles de iglesias surgen en otros lugares a los que Pedro, a quien se le da la suma potestad sobre las cosas sagradas, confiere el mismo honor y el mismo derecho. Es la genealogía jurídica de la indulgencia, cantada.

La doxologia cierra con una precisión que sorprende en un himno:

Laus sonet iugis Triadi supremae,
mota quae gratis precibus Mariae,
sontibus donat veniam, remissa
vindice poena.

Que resuene una alabanza perpetua a la Santa Trinidad, que movida por la oración gratuita de María da a los culpables el perdón, perdonada la pena vengadora.

Veniam e remissa poena: la distinción entre culpa y pena, que dirige la doctrina de la indulgencia, ya es enunciada en las primeras Vísperas, y en forma de alabanza.

El versículo que sigue está tomado de Tobías: coram omnibus viventibus confitemini ei. Quia fecit vobiscum misericordiam suam. Es la quinta vez que misericordia resuena en esta Hora.

Y entonces la antífona al Magnificat se vuelve legible por lo que es.

O beata Virgo Maria, tu veniae vena! Tu gratiae Mater!
Exaudi nos filios tuos, qui hodie fundimus preces ante
conspectum tuum.

Oh santísima Virgen María, ¡tú, vena del perdón! ¡Tú, Madre de la gracia! Escúchanos a nosotros, tus hijos, que hoy elevamos oraciones ante tu rostro.

Tomada por sí sola, la fórmula probaría poco: venia es una palabra mariana difundida, y la imagen de la vena – la veta de un metal, la fuente que aflora – pertenece a un repertorio poético extenso. Pero no es tomada sola: viene inmediatamente después del himno que apenas ha dicho veniam e remissa poena, y cierra la hora que había abierto con ite. Su fuerza no es la exclusividad del término, es la posición.

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Y la imagen dice en dos palabras lo que el himno decía en siete estrofas. Una vena es un conducto, no una fuente: el agua no nace allí, pasa por ahí. María no es el origen del perdón; es el punto en el cual el perdón aflora y se vuelve alcanzable – así como la Porciúncula no produce la indulgencia, sino ese lugar en donde se le toca. El hic del himno y la vena de la antífona dicen la misma cosa en dos registros, uno topográfico y uno mariológico: una mediación que no quita nada a la unicidad del acto de Cristo y le asigna una dirección.

La hora inicia con un imperativo de movimiento y termina con una palabra de perdón. Entre los dos extremos no hay un salto: hay una progresión del léxico conducida con paciencia, antífona tras antífona.

III. Los Laudes: la casa

En las primeras Vísperas se camina. En los Laudes se está dentro, y la Hora cambia completamente de registro

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Las cinco antífonas ya no tienen la forma de la invitación dirigida a un plural en movimiento. Son declaraciones en singular, y en tres casos de cinco el que habla es Dios o la sabiduría en primera persona. [1]

1. Beatus homo qui audit me, et qui vigilat ad fores meas quotidie, et observat ad postes ostii mei. (Bienaventurado el hombre que me escucha, y que todos los días Vela en mis puertas y hace la guardia en las torres de mi entrada). – Pr 8, 34

2. Inclinate aurem vestram, et venite ad me; audite, et vivet anima vestra. (Inclina tu oído y ven a mí; escucha, y tu alma vivirá). – Is 55, 3

3. Sanctificavi domum hanc, ut ponerem nomen meum ibi in sempiternum; et erunt oculi mei et cor meum ibi cunctis diebus. (He santificado esta casa, para ponerle mi nombre para siempre; y mis ojos y mi corazón estarán allí todos los días). – 3 Re 9, 3

4. Ego diligentes me diligo; et qui mane vigilant ad me, invenient me. (Yo amo a los que me aman; Y los que me ansían desde la mañana, me encontraban). – Pr 8, 17

5. Oculi quoque mei erunt aperti, et aures meae erectae ad orationem eius qui in loco isto oraverit. (También mis ojos estarán abiertos y mis oídos dirigidos a la oración de quién orará en este lugar). – 2 Cr 7, 15

Un dato técnico antes de leerlas: los salmos de los laudes son los del domingo, sin elección propia [2]. En las primeras Vísperas el trabajo de composición consistía también en insertar entre antífona y salmo; aquí no hay inserción posible y, por tanto, todo el peso está sobre las antífonas. Quién las eligió sabía que tenía que decir, con cinco fragmentos y ningún otro, qué es esta iglesia.

El origen de los cinco fragmentos es alternado: dos de los Proverbios, uno de Isaías, dos del relato salomónico. Y la disposición no parece casual, porque al centro exacto de la serie está la de dedicación del templo.

Las dos antífonas salomónicas son, de los textos bíblicos sobre la dedicación, los más clásicos. La tercera es la respuesta de Dios a Salomón después de la oración de consagración: es santificado esta casa para que le pusieras mi nombre para siempre. La quinta pertenece a la misma escena en la redacción de las Crónicas. El formulario, entonces, no evita la dedicación: canta el texto mayor que la Escritura le dedica.

Pero La elige en un punto preciso. De los muchos versículos disponibles en ese relato – la nube que llena el templo, el fuego que desciende, la gloria que impide a los sacerdotes estar de pie – toma aquellos en los cuales Dios no manifiesta su poder sino declara su atención: mis ojos y mi corazón estarán allí todos los días; mis ojos estarán abiertos y mis oídos dirigidos a la oración de quién orará en este lugar. No la teofanía: la disponibilidad a escuchar.

Y aquí se ve por qué las antífonas sapienciales han sido intercaladas. La primera dice que es bienaventurado el hombre que vela a las puertas de la Sabiduría y observa sus torres; la cuarta, que quien la busca en la mañana la encuentra. Velar, observar, buscar: verbos de espera humana. Las dos de origen salomónico responden con verbos de espera divina: ojos abiertos, oídos dirigidos. La Hora está construida sobre una reciprocidad de miradas. El hombre vela en el umbral desde fuera; Dios mantiene sus ojos abiertos desde dentro. Entre los dos está la puerta – fores, postes ostii –qué es el único elemento arquitectónico nombrado en toda la serie.

El capítulo es el mismo de las primeras vísperas, la Sabiduría que describe su morada [3]. Después viene el himno.

Regina caeli pauperem es el segundo de los tres relatos del formulario y cuenta el mismo evento de Cantibus sacris desde abajo, terminando en otra parte [4].

Comienza con una visita: Regina caeli pauperem almo simul cum Filio dignatur Aedem visere, cincta Angelorum millibusla Reina del cielo se digna visitar, junto con su Hijo, la iglesia pobre, rodeada por miles de ángeles. El adjetivo se coloca con cuidado, pauperem Aedem, y sobre esa pobreza apoya todo lo que sigue.

La segunda estrofa es la más olvidada y la más importante:

Hinc aula facta Caelitum
Aedes sacrata cernitur,
novo refulgens lumine
hymnisque laetis personans.

Desde aquel momento la iglesia, convertida en sala de los celestiales, es consagrada, resplandeciente con luz nueva y Sonora de himnos festivos.

El verbo es cernitur, se ve. La consagración no se decreta: se constata. Ningún Obispo, ningún crisma, ninguna deposición de reliquias. El rito de dedicación que la fiesta conmemora es, en este relato, la visita misma.

Sólo después viene la petición. Francisco en oración contempla, adora al Hijo de rodillas, saluda a la Madre de la gracia; et inde Christo supplicat, ut quisquis Aedem poenitens intret, benignam criminum reportet indulgentiam.

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La concesión tiene una estructura precisa, distribuida en dos estrofas: poenitens intret, la disposición del sujeto; supplicat, la intercesión de Francisco; Virgine favente, la mediación mariana, Christus annuit, el único acto propiamente eficaz. El perdón ya no es una propiedad del lugar. El lugar es en donde la cadena se cierra.

Después el himno deja de relatar y llama:

Venite, gentes, prospera
intrate Matris limina:
hic obtinentur munera,
hic expiantur crimina.

Vengan, pueblos, crucen el umbral propicio de la Madre: aquí se obtienen los dones, aquí se expían las culpas.

Nótese el adverbio. Hic, tres veces en dos estrofas – hic iuge signum porrigit, hic obtinentur, hic expiantur – después que el himno de las primeras vísperas ya había dicho hic, ubi aeternae reserata perstat ianua vitae. No «con Dios», no «en la Iglesia»: aquí, en este edificio, bajo estas trabes.

Y es en este punto que se ve la operación más fina del formulario, porque no está en ninguno de los textos sino en cómo están unidos. Pocos minutos antes, la última antífona hizo decir a Dios: mis oídos estarán dirigidos a la oración de quién orará en este lugar. El himno que sigue habla de un hombre que ha orado en ese lugar y ha sido escuchado. La antífona enuncia la condición, el himno refiere el caso. En el arco de una sola hora, el oficio coloca la promesa hecha a Salomón y exhibe su cumplimiento en una capilla de piedra tosca en medio de un bosque.

El versículo es mariano y concluye la Hora con el saludo: Ave Regina caelorum. Ave Domina Angelorum.

Una última observación, que va en dirección contraria. La antífona al Benedictus no es propia: es Ave María, tomada del Común [5]. Es el único de los cuatro fragmentos evangélicos del día que no es compuesto para la fiesta, mientras que ambas antífona al Magnificat lo son. El esfuerzo de composición del formulario se concentra en las Vísperas y en los Laudes deja que sea la salmodia dominical y el saludo angelical los que cierran. Es un dato que debilita la idea de un propio construido de forma uniforme y conviene hacer registro de ello: el oficio no es una obra unitaria, es una estratificación en la cual algunas Horas han sido trabajadas más que otras.

Queda por decir que, en cuanto se refiere a la teología del lugar, los Laudes son la Hora decisiva. El Común de la dedicación santifica un edificio porque Dios lo habita. Aquí el edificio es santo por la misma razón – la dedicación no se niega, se relata de otra forma –pero a la morada se agrega un hecho comprobable: en ese punto una petición ha sido escuchada. La fiesta no conmemora solamente una consagración y no conmemora solamente una concesión: las hace coincidir en el mismo edificio y a pocos renglones de distancia.

IV. Las segundas Vísperas: el umbral

La Hora que cierra la fiesta cierra también el arco de la concesión. Y cambia una vez más de perspectiva: en las primeras Vísperas se camina hacia una casa, en los Laudes se está dentro de ella y se es escuchado, aquí se mira llegar a alguien más.

Las cinco antífonas vienen sólo de dos libros y son las mismas en todas sus fuentes: Jerusalén que se reviste y recibe a los hijos que vuelven [1].

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1. Induere decore et honore eius, quae a Deo tibi est sempiternae gloriae.
(Revístete del decoro y el honor de esa gloria eterna que te viene de Dios). – Bar 5, 1-2

2. Luce splendida fulgebis, et omnes fines terrae laudabunt te.
(Resplandecerás con luz espléndida y todos los confines de la tierra te alabarán). – Tob 13, 13

3. Deus enim ostendet splendorem suum in te, omni qui sub caelo est.
(Dios, de hecho, mostrará tu esplendor a todos los hombres que están bajo el cielo). – Bar 5, 3

4. Nationes ex longinquo ad te venient, et munera deferentes adorabunt in te Dominum, et terram tuam in sanctificationem habebunt.
(Las naciones vendrán hacia ti desde lejos y, trayendo dones, adorará en ti al señor y considerarán tu tierra como lugar santo). – Tob 13, 13

5. Adducet enim Deus Israel filios tuos ad te, cum iucunditate in limine maiestatis suae, cum misericordia et iustitia quae est ex ipso.
(El Dios de Israel, de hecho, conducirá hacia ti y a tus hijos, con Alegría, en el umbral de su majestad, con la misericordia y la justicia que vienen de él). – Bar 5, 6-9

Los salmos vuelven a ser los de la serie festiva mariana, los mismos de las primeras Vísperas [2]. La simetría es a propósito: el día comienza y termina bajo el mismo salterio y lo que cambia es solamente lo que las antífonas les hacen decir. Por la mañana esos salmos dijeron in domum Domini ibimus bajo una antífona de misericordia; por la tarde dicen Lauda Ierusalem bajo una antífona de hijos que son reconducidos.

¿Por qué Baruc y Tobías? Son los dos sitios en los cuales la escritura describe, no la construcción de un santuario sino la convergencia en él: Jerusalén está firme y vestida de gloria y los pueblos llegan desde lejos. Es la figura bíblica de lo que el 2 de agosto ocurría materialmente alrededor de una capilla en Umbría. El formulario no compara a la Porciúncula con Sión a través de una hipérbole devota: toma los textos en los cuales Sión recibe, y los aplica al lugar que ese día, recibía.

Dos detalles merecen ser aislados.

El primero es la última palabra de la cuarta antífona: et terram tuam in sanctificationem habebunt, considerarán tu tierra como lugar santo. No es la santidad declarada por un rito: es la santidad reconocida por el que llega. En el lapso de veinticuatro horas el oficio ha dado tres vueltas, de tres formas, a lo que hace santo a ese punto – la visita de la reina en los Laudes (Aedes sacrata cernitur), la palabra de Dios a Salomón (sanctificavi domum hanc), y ahora la mirada de las naciones.

El segundo y en la quinta: in limine maiestatis suae, sobre el umbral de su majestad. Es la tercera vez que el umbral aparece y cada vez con palabras distintas – ianua vitae en las primeras Vísperas, Matris limina en los Laudes, limen maiestatis aquí. Es el único término que atraviesa las tres Horas y cada vez cambia de plano: la puerta de la vida, la puerta de la Madre, la puerta de la majestad. El mismo pasaje, mirado desde tres alturas distintas.

Y en la última antífona vuelve, por última vez, la palabra que ha recorrido todo el día: cum misericordia et iustitia quae est ex ipso. Con la misericordia – y con la justicia. Es la única ocasión en la cual las dos aparecen juntas y no es un matiz: prepara el himno.

El himno de las segundas Vísperas, Maria cui nil Filius, es el tercero y último relato del formulario y, en realidad, no cuenta nada [3]. Los otros dos tenían como objeto el evento y el lugar; éste tiene como objeto al sujeto que hace oración y es el único de los tres escrito en primera persona del plural. No describe: pide.

Y avanza en tres grados muy claros. Pide, ante todo, que si ha ocurrido el hecho de pecar, poder llorar y borrar de inmediato la culpa; después de qué caiga sobre nosotros toda poenalis actio, toda consecuencia penal; finalmente que el corazón, lavadas las inmundicias, arda con ese amor santo que Cristo exige por derecho, dum praebet indulgentiam, mientras concede la indulgencia.

flere – el llanto de la culpa
tergere nefas – la culpa borrada
poenalis actio – la pena que disminuye
cor ferveat – el corazón que arde

La distinción entre culpa y pena – la misma que rige a la doctrina de la indulgencia y que el himno de las primeras Vísperas ya había enunciado en forma de alabanza con sontibus donat veniam, remissa vindice poena – no se afirma aquí como tesis, sino se agita como sintaxis: dos peticiones sucesivas, dos verbos distintos. Y es en este punto que se entiende por qué la antífona anterior había puesto juntas misericordia y justicia. La pena es lo que la justicia exige; la indulgencia es lo que la misericordia manda. El himno pide una habiendo apenas cantado la otra.

Pero al final del proceso no es la tranquilidad de quien ya no debe nada. Es el amor. El himno no termina con la absolución, termina con la combustión: ferveat. La remisión de la pena, en esta teología, no liquida una cuenta: libera una energía. Y una estrofa vincula esa energía con una forma concreta, pidiendo que nuestra vida transcurra adhiriéndose a las costumbres de Francisco [4].

El versículo es el Magnificat anticipado: Beatam me dicent omnes generationes. Quia fecit mihi magna qui potens est.

Y la antífona al Magnificat cierra la fiesta restituyendo todo al único agente:

Benedictus Dominus, quia hodie nomen tuum ita
magnificavit, ut non recedat laus tua de ore hominum.

Bendito sea el Señor, porque hoy ha glorificado tu nombre de tal forma, que tu alabanza no se aleje de la boca de los hombres. – Jdt 13, 31

Vale la pena confrontarla con la que veinticuatro horas antes había abierto la fiesta. En las primeras Vísperas la antífona al Magnificat era una petición dirigida a María tu veniae vena… exaudi nos filios tuos, qui hodie fundimus preces. Aquí es una bendición dirigida a Dios por lo que hizo con María. El mismo adverbio, hodie, abre y cierra; pero en el primer caso designa al día en el cual se suplica, en el segundo el día en el cual se constata. El oficio se abre pidiendo y se cierra bendiciendo, y entre las dos antífonas está todo lo que ha sido concedido.

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V. Lo que prueba la oración

El propio tiene una única oración, impresa dos veces – después de la antífona al Magnificat de las primeras Vísperas y después de la de las segundas – con texto idéntico [1]. Es el único texto eucológico del día y conviene leerlo con atención porque es, de todo el formulario, el que menos prueba.

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Deus qui per sanctissimam Genitricem tuam, super Angelorum choros exaltatam, hominibus dispensare bona cuncta voluisti: per ipsam tribue nobis, de tibi consecrata eius Aede memoriam agentibus; ut nunc peccatorum indulgentiam et gratiarum copiam impetremus, ac tandem beatorum spirituum consortium et gaudium caelestis mansionis habeamus.

Oh Dios, que por medio de tu Santísima Madre, exaltada por encima de los coros de los ángeles, quisiste dispensar a los hombres todo bien: por medio de ella concédenos, que hacemos memoria de su iglesia a ti consagrada, obtener ahora la indulgencia de los pecados y la abundancia de las gracias y, finalmente, la compañía de los espíritus santos y la Alegría de la morada celestial.

Es fuerte la tentación de leer indulgentiam en sentido canónico y cargar ese nunc de valor técnico: ahora, en este día, por esta concesión. Es mejor resistir. Peccatorum indulgentia es una fórmula eucológica común que en la gran mayoría de los casos significa simplemente perdón de los pecados; y él nunc es conjunción ordinaria de las Oraciones Colectas, que opone el hoy celebrativo al tándem escatológico de la cláusula siguiente. La pareja nunc… ac tandem es un esquema, no una alusión.

Lo que la oración dice realmente es otra cosa, y es una dedicatoria: de tibi consecrata eius Aede memoriam agentibus, al hacer memoria de la iglesia a ti consagrada y a ella dedicada. El motivo de la fiesta, en el único texto en el cual la Iglesia habla oficialmente a Dios, es la consagración de un edificio.

Y vale la pena enlistar lo que no aparece: Francisco, el penitente, el umbral, la visita de la reina, la concesión, el Papa que la extiende. Ninguno de esos seis elementos sobre los cuales los himnos han construido el día. Quien quisiera demostrar que este formulario está construido sobre el Perdón, y comenzara desde aquí, habría elegido el peor punto del propio.

A partir de esto se obtiene la jerarquía de las pruebas, que es lo que hace resistente al argumento.

Prueba plena son los tres himnos. Cantibus sacris narra el evento, cita la concesión de Cristo en discurso directo, registra la extensión a otras iglesias y distingue en la doxología la culpa de la pena. Regina caeli pauperem relata la misma escena desde abajo y la convierte en llamada. Maria cui nil Filius expone su estructura interna, desde el llanto de la culpa hasta el corazón que arde. Los tres nombran la indulgencia; dos la relatan, uno la pide.

Prueba indirecta pero robusta, son las quince antífonas salmódicas. Nunca pronuncia la palabra – ni siquiera una vez en veinticuatro horas – pero las construyen alrededor de un léxico coherente por selección bíblica: la misericordia cinco veces sólo en las primeras Vísperas, el camino protegido, las puertas y las torres, los ojos abiertos a la oración de quién orará en aquel lugar, los pueblos que llegan desde lejos y reconocen como santa esa tierra.

Prueba por posición son las dos antífonas al Magnificat. Veniae vena no demuestra nada tomada por sí sola: venia es una palabra mariana difundida, y quien fundara en ella la tesis se expondría a la primera objeción seria. Pero no es tomado por sí sola – sigue inmediatamente a un himno que apenas ha dicho veniam e remissa poena.

La oración es simple corroboración.

El tema del Perdón, en este formulario, está en la himnodia y en la selección bíblica, no en la eucología. Es un dato, de hecho, acerca de la distribución y no es neutro. El himno es el género en el cual la iglesia dice lo que quiere hacer recordar; la oración es la voz con la cual se dirige a Dios comprometiendo su propia fe. Que la indulgencia se encuentre en los tres signos, de forma a quince antífonas y toque apenas la única oración no es una debilidad del propio: es una colocación y, además, prudente. La Iglesia canta la concesión y pide el perdón – que no son la misma cosa, y los redactores del formulario muestran que lo saben.

VI. Por qué el perdón pide un lugar

La paradoja de esta fiesta es que dedica un edificio a un evento que, por definición, ningún edificio contiene. El perdón no es un recurso localizable. Sin embargo, el oficio insiste: ite, venite, intret, intrate, hic, hic, hic. Cinco imperativos de movimiento y cuatro adverbios de lugar en veinticuatro horas de oración.

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La razón no es ante todo teológica, sino antropológica, y es la misma que dirige a cualquier Sacramento: lo que no tiene lugar no tiene fecha, y lo que no tiene fecha no puede recordarse haberlo recibido. La misericordia infinita necesita un punto finito para ser creída por quien la recibe. Por eso estos textos envían a caminar, a atravesar un umbral, a estar en un sitio. No porque Dios esté más presente allí, sino para que el penitente tenga un allí al cual volver con la memoria.

El formulario lo dice, sin embargo, en una forma que el Común de la dedicación no había previsto y que nos deja resumir en tres palabras recurrentes

La primera es casa. En las primeras Vísperas la palabra vuelve cinco veces, entre antífona y salmo: la casa de la Madre, la casa del señor hacia la cual se va, la casa que se edifica en vano sin el Señor, la casa de Dios que se levanta. En los Laudes la casa es santificada para que se le ponga el nombre. No es una imagen devota: es la estructura del léxico de la Hora.

La segunda es umbral, y aparece una vez en cada una de las tres Horas, cada vez con una palabra distinta. En las primeras Vísperas es ianua vitae, la puerta de la vida eterna que está abierta en donde las multitudes asedian el trono de María. En los Laudes es Matris limina, el umbral de la Madre que los pueblos están llamados a atravesar. En las segundas Vísperas es in limine maiestatis suae, el umbral de la majestad sobre el cual Dios conduce de nuevo a los hijos. El mismo pasaje, mirado desde tres altitudes: la vida, la Madre, la majestad. Es el único término que atraviesa todo el oficio y ninguna de las tres apariciones traduce a las otras.

La tercera es misericordia, que las primeras Vísperas pronuncian cinco veces antes que el himno llega a decir venia. El formulario, antes de nombrar la indulgencia, se construye el campo en el cual ella pueda ser entendida.

Y entonces se ve qué es lo que distingue a esta dedicación. El común santifica un lugar porque Dios habita en él, y canta su temor: o quam metuendus est locus iste. Este propio no niega la morada – la afirma con los textos salomónicos mayores, sanctificavi domum hanc – pero escoge su faceta receptiva: los ojos abiertos, los oídos dirigidos, la promesa de escuchar a quien orará en ese punto. Y después les une el relato de un hombre que en ese punto oró y fue escuchado. En el común el lugar es santo porque Dios se ha establecido en él; aquí el lugar es santo también porque allí una petición ha sido acogida.

Las dos antífonas al Magnificat miden toda la distancia recorrida y lo hacen con el mismo adverbio. La primera, que abre la fiesta, pide: exaudi nos filios tuos, qui hodie fundimus preces ante conspectum tuum. La última, que la cierra, constata: benedictus Dominus, quia hodie nomen tuum ita magnificavit. El mismo hodie: en el primer caso el día en el cual se suplica; en el segundo, el día en el cual se bendice por lo que se ha hecho. Entre los dos está todo el oficio y entre los dos – en la medida tradicional de la concesión – está también todo el tiempo en el cual el don se podía recibir.

Queda, finalmente, la primera palabra de todas. Ite in domum Matris vestrae: vayan a la casa de su Madre. En el libro de Rut era una despedida y Noemí la decía a dos mujeres a las que enviaba de regreso. Aquí es una invitación, y está dirigida a cualquiera. La diferencia no está en las palabras, que son idénticas, sino en el hecho de que a alguien se le dice «ve a casa» sólo cuando aún puede volver.

Puedes leer el artículo original en italiano en el Blog del P. Claudio Campesato Pes Allegoricus.


Notas

[1] Textos del Común de la dedicación según el Antiphonale Romanum (Roma–Tournai, Desclée, 1912): himno Caelestis urbs Ierusalem, antifone Domus mea domus orationis vocabitur y O quam metuendus est locus iste. La referencia es temática, no histórica.

[2] Antiphonale Romano-Seraphicum pro Horis diurnis, Desclée, 1928, pp. 830–842: propio del 2 de agosto, In Dedicatione Basilicae S. Mariae Angelorum. Formulario sustancialmente retomado en el Breviarium Romano-Seraphicum del 1951.

[3] Oude Vrielink, estudio comparativo de los formularios de la Fiesta de la Porciúncula [referencia bibliográfica completa por integrar]. En la sección metodológica el autor declara la comparación de prefacios, oraciones y antífonas evangélicas, excluyendo expresamente los himnos por razones de extensión junto con las restantes antífonas del Oficio, los responsorios y la salmodia. Las conclusiones sobre la atenuación del tema de la indulgencia en 1974 son válidas, entonces, para ese corpus.

[4] Regina caeli pauperem, himno en los Laudes del propio citado en la nota [2]. Las estrofas se reportan aquí de manera parcial; texto que hay que recopilar en el ejemplar impreso.

[5] Maria cui nil Filius, himno en la segundas vísperas; el íncipit ya aparece en el índice del Cantuale Romano-Seraphicum, 1922. El himno es atestiguado también en la procesión con la que se anunciaba la indulgencia de la Porciúncola.

[6] Oración Colecta del propio de 1928. El Breviarium Romano-Seraphicum (Malines, H. Dessain, 1880) no presenta, para esta fiesta, un propio del Oficio: dato que hay que confirmar por autopsia.

[7] Liturgia Horarum. Proprium Ordinis Fratrum Minorum, 1974: nota histórica del 2 de agosto e índice de los himnos.

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