Un solo versículo del Salmo 67 (68), cuatro textos latinos, dos direcciones interpretativas. Y una pregunta inevitable: ¿de qué texto se traducen las antífonas?
Unanimes. Unius moris. Solitarios. Desolatos. Son cuatro palabras latinas para un mismo hemistiquio hebreo y todas están en libros aprobados por la Iglesia. El canto gregoriano escoge una de ellas, la Vulgata otra, la Biblia latina vigente hoy una tercera; la cuarta es de San Jerónimo, y es la única que nunca ha ingresado a la Iglesia. Quien entra a la iglesia el domingo XVII del Tiempo Ordinario, con toda probabilidad, no escucha ni una ni otra. Y esto no atenúa la cuestión: la cambia de lugar.
Un Introitus ejemplar
El Canto de Entrada de la Misa tiene un nombre antiguo, Introitus, y un libro propio, el Graduale, en donde los cantos están junto con su melodía. El del domingo XVII del Tiempo Ordinario es Deus in loco sancto suo, y se lee en la p. 310 del Graduale Triplex, el volumen que une a la notación cuadrada dos notaciones medievales. El texto viene del Salmo 67 – 68 en la numeración moderna y también esta brecha tendrá su parte en la historia – versículos 6-7 y 36:
Deus in loco sancto suo: Deus, qui inhabitare facit unanimes in domo: ipse dabit virtutem et fortitudinem plebi suae.
El Misal asigna al Canto de Entrada cuatro finalidades: abrir la celebración, favorecer la unión de los fieles reunidos, introducir en el misterio del tiempo litúrgico o la fiesta, acompañar la procesión [1]. Esta pieza es el ejemplo que los estudios aducen para el segundo, y la razón es evidente: mientras la asamblea está constituyéndose, el canto declara que Dios hace habitar unánimes en su casa. El texto cantado y la acción ritual coinciden.
Sobre este valor ejemplar del Canto de Entrada he escrito en otra parte, en un artículo dirigido a quienes cantan en una parroquia y no lo repito aquí: El Canto de Entrada: unánimes y concordes, en el sitio web de la diócesis de Tenancingo (reproducido también aquí en Musicam Sacram, nota del traductor). Allí el punto era pastoral – se puede cantar al unísono sin ser unánimes. Aquí el punto es otro y nace de una pregunta que aquel texto dejaba abierta: ¿de dónde viene la palabra unánimes?
Cuatro expresiones latinas para un versículo
La respuesta obliga a realizar una pequeña lista. Con la palabra salterio se entiende el libro de los Salmos en una determinada versión latina y la Iglesia latina nunca ha tenido sólo uno.
Los libros de canto conservan aquí la lección – así se llama, en filología, a la forma asumida por un texto en un determinado testimonio escrito – del Salterio Romano, la versión latina más antigua en uso en Roma, anterior a San Jerónimo: qui inhabitare facit unanimes in domo. Una sola alma. No es un caso aislado: las antífonas de la Misa del fondo antiguo presentan con notable frecuencia lecciones romanas, y es uno de los argumentos clásicos a favor del origen romano de estos textos. Pero no es una regla sin excepciones. En los libros producidos en el área francesa, que son después aquellos a través de los cuales el repertorio romano ha llegado a nosotros, la transmisión es mixta: el Galicano se impone al norte de los Alpes y asimila progresivamente muchas lecciones; a veces la antífona y sus versículos salmódicos siguen los textos de distintos salterios dentro de la misma pieza; además, no toda lección galicana es romana, ya que algunas se remiten a otras ramas de la Vetus Latina, es decir el conjunto de traducciones latinas que circulaban antes de San Jerónimo sin formar un texto único. La proveniencia entonces hay que determinarla canto por canto y, para la cuestión que aquí interesa, el elemento discriminante es sólo uno, porque Deus in loco sancto suo es idéntico en los dos salterios: todo entra en juego sobre la variante semántica unanimes contra unius moris [2].
La Vulgata Clementina – la edición oficial de la Vulgata publicada en 1592 y texto de referencia de la Iglesia latina por casi cuatro siglos – en los Salmos no reporta la traducción de San Jerónimo del hebreo, sino el Salterio Galicano, es decir la revisión que San Jerónimo mismo había realizado desde el griego. Y allí se lee: qui inhabitare facit unius moris in domo [3]. Una sola forma de vivir: la casa se mantiene unida por una forma de vivir compartida. Es la lección sobre la cual se insertó gran parte de la lectura monástica del pasaje.
San Jerónimo, en una tercera versión – el Salterio iuxta Hebraeos, traducido hacia el 392 directamente desde el original hebreo y que nunca entró en el uso litúrgico –, había escrito solitarios: los solitarios. No «aquellos que viven unánimes», sino «aquellos que estaban solos» – y a los que Dios da una casa.
El origen de la diferencia se deja localizar con exactitud. El hebreo tiene yeḥidim, los solitarios, aquellos que están solos. La versión de los Setenta –la traducción griega del Antiguo Testamento iniciada en Alejandría en el siglo III a. C., que fue la Biblia de los primeros cristianos – lo tradujeron con μονότροπος (monótropos), compuesto de μόνος (mónos), «solo», y τρόπος (trópos), «modo, manera»: la palabra reproduce el sentido hebreo, pero a su vez puede leerse como «de una sola manera». Las versiones latinas se separan precisamente allí. Quien pasa por el griego lee la palabra compuesta en el segundo sentido y obtiene unius moris, y más radicalmente unanimes; quien vuelve al hebreo obtiene solitarios.
Finalmente la Nova Vulgata, en la Biblia latina promulgada en 1979, que sustituyó a la Clementina y es hoy el texto de referencia para la liturgia, se lee: Deus, qui inhabitare facit desolatos in domo [4]. Los abandonados.
No tenemos entonces cuatro opciones unidas una a otra, sino dos ramas: una griega, que culmina en la palabra cantada, y una hebrea, que desde San Jerónimo llega hasta la Biblia latina de hoy.
Y no sólo eso. La Nova Vulgata modifica también el versículo anterior, ese del cual el Introitus toma su incipit: en el sitio donde el Galicano tiene Deus in loco sancto suo, el texto actual escribe Deus in habitaculo sancto suo [5]. Las tres palabras que dan el nombre a este canto ya no figuran en la Biblia latina vigente.
Nota sobre los libros: quién está vigente y a partir de cuándo
Los cuatro nombres apenas enlistados pertenecen a épocas muy lejanas entre sí y conviene disponerlas en orden.
El Salterio Romano no es obra de un traductor: es una de las antiguas versiones latinas en circulación antes de San Jerónimo, la que en Roma se había impuesto. Es el texto sobre el cual el repertorio del canto se formó y permaneció en uso en la Urbe por siglos – la Basílica de San Pedro lo conservó hasta el siglo XVII.
El Salterio Galicano nació en Belén alrededor del 386-392, y debe entenderse por lo que es: no una traducción del hebreo, sino una revisión del latín antiguo que San Jerónimo realizó comparándolo con el griego, sirviéndose de la edición crítica que Orígenes había preparado en el siglo III. Una traducción a partir de una traducción, corregida sobre otra traducción. Tomó su nombre de su difusión en la Galia, fue impuesto por la Reforma Carolingia y término por ser el salterio que contiene la Vulgata.
El Salterio iuxta Hebraeos es un poco posterior, alrededor del 392, y esta vez San Jerónimo traduce realmente a partir del original hebreo. Nunca ingresó a la liturgia. Es el dato que merece ser subrayado: la Vulgata no contiene la mejor versión de San Jerónimo, porque cuando estuvo lista la iglesia latina ya cantaba la otra. Hace dieciséis siglos, frente a la decisión entre el texto más exacto y el texto que se sabía de memoria, prevaleció el segundo.
La Vulgata Clementina llega 1200 años después. El Concilio de Trento (1546) declaró «auténtica» la Vulgata – que había que asumir, es decir, como texto normativo en el uso eclesial público – sin proporcionar, sin embargo, su edición impresa; la edición que deseó Sixto V en 1590 fue retirada poco después de su muerte y la publicada bajo Clemente VIII en 1592 se convirtió en el texto de referencia de la Iglesia latina hasta 1979.
En el siglo XX la cuestión se abrió de nuevo dos veces. En 1945 Pío XII, con el Motu proprio In cotidianis precibus del 24 de marzo, autorizó el uso en el Oficio Divino de un nuevo salterio latino preparado por el Pontificio Instituto Bíblico – el Psalterium Pianum, o salterio de Bea – traducido del hebreo y redactado en un latín de gusto clasicista [6]. El uso era facultativo. Dos años después la Pontificia Comisión Bíblica extendió sus facultades a otros usos, litúrgicos y extralitúrgicos, pero solamente para los salmos recitados o cantados integralmente fuera de la Misa [7]. La delimitación es educativa: incluso cuando el nuevo texto fue admitido en el canto, no sustituyó automáticamente las formas litúrgicas ya recibidas.
Finalmente la Nova Vulgata. El Vaticano II pidió la revisión del salterio latino; Pablo VI instituyó la comisión el 29 de noviembre de 1965; el Liber Psalmorum salió en 1969, la edición completa en 1979, promulgada por Juan Pablo II con la Constitución Apostólica Scripturarum thesaurus del 25 de abril; la editio typica altera es de 1986 [8].
Tres veces, entonces, la Iglesia latina se ha encontrado frente a la misma alternativa y las tres respuestas han sido distintas. En el siglo V el texto cantado prevaleció sobre el texto exacto. En 1945 el texto exacto fue ofrecido como facultativo, sin sustituir al texto recibido. Después de 1979 el texto exacto se convirtió en la Biblia de la Iglesia, mientras que el Misal conservó en la antífona la lección antigua – y la traducción italiana siguió el texto de la Biblia en lugar de el del Misal.
No decadencia: dos criterios
Sería cómodo, y falso, leer aquí una historia de decadencia. La lección de la Nova Vulgata coincide sustancialmente con la de San Jerónimo iuxta Hebraeos: desolatos traduce el hebreo yeḥidim, y va en la misma dirección de solitarios. La revisión no ha inventado nada; regresó a la solución más antigua y filológicamente mejor fundamentada.
El conflicto, entonces, no es entre tradición y modernidad. Es entre dos criterios que son, ambos, legítimos: la fidelidad al texto hebreo y la fidelidad a la forma en la cual la Iglesia latina ha orado efectivamente con ese versículo durante 12 siglos.
Y hay una forma de unirlos que vale la pena mencionar. Solitarios y unanimes no dan nombre a dos cosas alternativas, sino a dos momentos del mismo movimiento: el primero, la condición de partida – estaban solos –, el segundo, el resultado – se convierten en una sola alma. La rama greco-latina, entonces, no ha malentendido el versículo: al leer monótropos en el sentido de «una sola manera» e impulsándolo hasta «una sola alma», ha realizado un desarrollo interpretativo que el uso litúrgico después consolidó. Y es el resultado lo que la liturgia canta, porque la liturgia es ese lugar en el que ese resultado ocurre.
Que la tradición del canto pertenece a esta rama puede documentarse incluso en la relación entre palabra y melodía. En el manuscrito 239 de Laon, uno de los testimonios más antiguos y finos de la notación gregoriana, el amanuense asigna una nota más a la forma uni-animes: según González Villanueva, adapta así una melodía compuesta sobre unanimes a la variante unianimes, atestiguada en la tradición del Salterio Romano [9]. La intervención produce sobre el plano rítmico una «lesión», como observa el estudioso. Pero el dato que aquí interesa es más sobrio: la diferencia entre unanimes y unianimes permanece siempre al interior de la misma rama textual y de la misma imagen, la de una pluralidad que se convierte en «una sola alma». La melodía y la intervención de Laon se diferencian en la forma y el ritmo, no en la interpretación del versículo.
La editio typica y la versión italiana
Aquí el caso se vuelve educativo, porque la brecha no ocurre entre el Graduale y el Misal, sino entre la editio typica latina – la edición oficial que toda versión en lengua moderna debe asumir como libro de referencia – y la versión italiana del mismo libro.
El texto latino de la antífona de entrada del domingo XVII no ha sido alineado con la Nova Vulgata: conserva Deus in loco sancto suo y conserva unanimes [10]. La redacción dejó al texto litúrgico su lección.
La versión italiana, en cambio, no traduce ese latín. Sigue al texto bíblico: «Dio sta nella sua santa dimora: a chi è solo fa abitare una casa; dà forza e vigore al suo popolo» (Dios está en su santa morada: a quien se encuentra solo lo hace habitar una casa; da fuerza y vigor a su pueblo) [11].
Y se puede poner fecha a este paso. Las dos formulaciones documentadas en los Misales italianos corresponden exactamente a las de las dos Biblias de la CEI (Comisión Episcopal Italiana): «a los abandonados» en la segunda edición del Misal y en la traducción bíblica de 1974, «a quien se encuentra solo» en la tercera edición y en la traducción de 2008 [12]. El latín, mientras tanto, nunca cambió. Demostrar el nexo causal requeriría las actas de la comisión traductora; la coincidencia, sin embargo, está documentada, y ya es suficiente para mostrar qué texto consideró original la versión italiana.
El resultado es que, para el mismo día, el latín declara que Dios hace habitar unánimes en su casa y el italiano, que da casa a quien está solo. No es un matiz. Es la diferencia entre un canto que dice lo que el rito está realizando sobre la asamblea y un canto que describe una obra de misericordia hacia terceros. El Introitus señalado como ejemplo de la finalidad de «favorecer la unión de los fieles reunidos» es, en italiano, un texto que no habla de la unión. El latín y el italiano no oran con el mismo versículo.
La comparación con otros Misales
Podría pensarse que el resultado sería el obligado. No lo era, y la comparación lo demuestra.
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Edición del Misal |
Antífona de Entrada |
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Latín, editio typica tertia |
Deus in loco sancto suo; Deus qui inhabitare facit unanimes in domo… |
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Italia, tercera edición |
Dio sta nella sua santa dimora: a chi è solo fa abitare una casa… |
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México |
Dios habita en su santuario; él nos hace habitar juntos en su casa… |
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España |
Dios vive en su santa morada. Dios, el que hace habitar juntos en su casa… |
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Argentina |
Dios habita en su santa morada. Él congrega en su casa a los dispersos… |
México y España permanecen en la rama griega: habitar juntos traduce unanimes, no desolatos. El italiano es el único de los cuatro en lengua vulgar aquí enlistados que no conserva ninguna traza de “habitar juntos” [13].
Merece atención la solución argentina, que no elige un polo sino mantiene todo el movimiento: dispersos da nombre a la condición de partida; congrega, al acto con el cual Dios la supera. Es la única versión en la cual el versículo conserva juntos al hebreo y al griego y quizás la más inteligente de las cuatro.
También vale la pena notar que el de México dice «él nos hace habitar juntos», en primera persona del plural. No describe una obra realizada sobre terceros: declara lo que está ocurriendo a quien lo pronuncia. Es el resultado más cercano a la función del Introitus.
El caso de España hace visible una tensión que está dentro de la norma misma. Mientras que el salterio bíblico habla de los desvalidos [14], el Misal conserva hace habitar juntos en su casa: la traducción bíblica sigue al texto de partida, la de la antífona protege la lección recibida y su pertinencia ritual. Las dos exigencias presentes en Liturgiam authenticam, la Instrucción vaticana de 2001 que regula la traducción de los libros litúrgicos – uniformidad de la versión escriturística por una parte, atención al contexto litúrgico y a la recepción tradicional por la otra – son unidas de forma distinta con respecto a la edición italiana. El resultado de Italia no aparece entonces como necesario, sino como una de las opciones posibles entre dos fidelidades.
Qué dice realmente la norma
En este punto la pregunta cambia de lugar: ¿cómo es posible que, bajo las mismas normas, se llegue a resultados opuestos? La respuesta es que la norma permite ambos y conviene leerla desde cerca.
Liturgiam authenticam hace depender la fuente de la traducción de la clasificación del texto: los textos de composición eclesiástica se producen del latín de la editio typica, los de la Sagrada Escritura, de las lenguas originales [15]. Una antífona de entrada está exactamente en la frontera. No es la Escritura proclamada: es Escritura elegida, cortada y ensamblada de nuevo con versículos lejanos – aquí los vv. 6-7 y el v. 36, el inicio y el fin del salmo – y asignada a un momento ritual preciso. Quien realizó ese corte no estaba transmitiendo un texto: lo estaba interpretando. Clasificarla de una forma o de la otra no es una consideración técnica preliminar: es ya la decisión y se toma sin declararla.
Dos normas, además, dicen algo muy preciso sobre nuestro caso.
La primera se refiere a las variantes textuales. Es lícito adoptar una lección distinta con base en las decisiones críticas y al parecer de los expertos; pero no es lícito hacerlo, en un texto litúrgico, cuando esa decisión toque los elementos del pasaje que son pertinentes a su contexto litúrgico [16]. Es difícil imaginar una aplicación más literal: el elemento pertinente al contexto litúrgico de este Introitus es precisamente la unanimidad.
La segunda, pide que las traducciones se conformen a la comprensión de los pasajes bíblicos transmitida por el uso litúrgico y la tradición de los Padres, especialmente para textos importantes como los Salmos, y prescribe dejarse guiar por la Nova Vulgata y consultar también las antiguas versiones, entre las cuales está la de los Setenta [17]. Es decir, precisamente la rama de la cual proviene unanimes.
Existe, sin embargo, una norma que se mueve en sentido contrario, y hay que decirlo: la traducción de los textos litúrgicos que contienen palabras o alusiones bíblicas debe favorecer la correspondencia con la versión de la Escritura aprobada para el uso litúrgico en ese territorio [18]. Es, con toda probabilidad, el criterio aplicado en Italia.
Y esta exigencia no está aislada: la Instrucción pide en otro sitio que la traducción de la Escritura destinada al uso litúrgico tenga uniformidad y estabilidad, de manera que en cualquier territorio exista sólo una, empleada en todas las partes de los distintos libros litúrgicos – y dicha estabilidad, precisa el texto, es deseable especialmente para el Salterio, libro de oración fundamental del pueblo cristiano [19].
En la misma Instrucción conviven, entonces, dos exigencias que en este caso no pueden ser satisfechas en conjunto: la uniformidad de la versión escriturística y la protección de la función litúrgica del texto. La edición italiana dio precedencia a la primera y la decisión es legítima. Pero tiene un costo, y es el costo que este Introitus hace visible mejor que cualquier otra pieza del repertorio: la antífona ganó la coherencia con la Biblia que leen los fieles y perdió la capacidad de decir a la asamblea lo que le está ocurriendo mientras la canta.
¿Qué traducción para las antífonas?
Permanece una pregunta y no tiene una respuesta obvia. Señalo sus términos, que son válidos más allá de este caso.
Traducir a partir del texto bíblico aprobado. Es la opción italiana, y tiene la coherencia entre la antífona y la Biblia que leen los fieles. El costo se puede ver aquí: cuando la antífona se basa sobre una lección del salterio antiguo, esta decisión la disuelve y el vínculo entre texto cantado y acción ritual se pierde.
Traducir a partir del latín de la antífona. Es la opción hispana y restituye a la antífona su función. Introduce, sin embargo, una disonancia: quien compara la antífona con el salmo en su Biblia encuentra dos textos distintos y no tiene forma de saber por qué.
Mantener juntos ambos sentidos. Es el camino argentino y merece ser estudiado más de lo que se ha hecho: declara la condición de quien entra y la obra que lo transforma, sin sacrificar ni el hebreo ni la tradición litúrgica.
El criterio, en todo caso, me parece debe ser este: una antífona debe ser traducida de manera que siga haciendo aquello para lo cual fue elegida. La lección filológicamente más cercana al hebreo resulta exacta en el plano bíblico; pero si la antífona que resulta de ello ya no es capaz de decirle a la asamblea lo que le está ocurriendo, ésta ha perdido una parte decisiva de su eficacia ritual.
Queda un hecho, al menos en las ediciones aquí comparadas. El mismo versículo vive hoy de maneras distintas: Italia privilegió la Unidad con su salterio; España y México, la palabra cantada recibida de la tradición litúrgica; argentina buscó mantener ambos sentidos. Ninguna solución es sin costo. En italiano, sin embargo, es inaudible precisamente la palabra que vinculaba a la antífona con la función del Canto de Entrada. No es el error de alguien, sino el costo de una decisión que se hace implícita. Declararla, al menos, está al alcance de todos.
El artículo original en italiano puede leerse en el blog “Pes allegoricus” del P. Claudio Campesato haciendo click AQUÍ
NOTAS
[1] Instrucción General del Misal Romano, n. 47.
[2] R. Weber (ed.), Le Psautier Romain et les autres anciens psautiers latins, Roma, Abbaye Saint-Jérôme, 1953 (Collectanea Biblica Latina 10), p. 148: Deus qui habitare facit unianimes in domo. La forma unanimes dei libri di canto è una variante grafica della medesima lezione, distinta dal gallicano unius moris. Para el origen escriturístico de las piezas individuales del Graduale, D. M. Fournier, «Sources scripturaires et provenance liturgique des pièces de chant du Graduel de Paul VI», en «Études grégoriennes» 21 (1986) 97-114; 22 (1988) 110-175; 23 (1989) 27-69.
[3] Vulgata Clementina, Ps 67, 6-7: patris orphanorum, et iudicis viduarum; Deus in loco sancto suo. Deus qui inhabitare facit unius moris in domo.
[4] Nova Vulgata, Ps 68, 7: Deus, qui inhabitare facit desolatos in domo, qui educit vinctos in prosperitatem; verumtamen rebelles habitabunt in arida terra.
[5] Nova Vulgata, Ps 68, 6: pater orphanorum et iudex viduarum, Deus in habitaculo sancto suo. Nótese también el cambio de numeración, Sal 67 → 68, que el Misal italiano no recibe: la antífona está citada como «cf. Sal 67,6.7.36» incluso traduciendo el texto de la Nova Vulgata.
[6] Pio XII, Motu proprio In cotidianis precibus, 24 de marzo 1945 (AAS 37 [1945] 65-67). El salterio fue preparado por una comisión del Pontificio Instituto Bíblico precedida por Agostino Bea. cf. también Pio XII, Enc. Mediator Dei, 20 noviembre 1947, que hace referencia de ello.
[7] Pontificia Comisión Bíblica, Responsum De usu novi Psalterii latini extra horas canonicas, 22 de octubre 1947: la facultad es extendida «ad omnes preces tam liturgicas quam extraliturgicas, dummodo de integris psalmis extra Missam recitandis vel cantandis agatur».
[8] Comisión instituida por Pablo VI el 29 de noivembre 1965; Liber Psalmorum, Typis Polyglottis Vaticanis, 1969; edición completa promulgada por Juan Pablo II, Const. ap. Scripturarum thesaurus, 25 de abril 1979 (AAS 71 [1979] 557-559); editio typica altera 1986.
[9] J. I. González Villanueva, «Pauta metodológica en el estudio de las piezas gregorianas. Aportaciones prácticas», en «Estudios Gregorianos» 3 (2008-2010) 33-104, aquí la p. 61 y la nota 23, con el ejemplo GT 310.3. El autor interpreta unianimes como una forma introducida en una melodía compuesta sobre la palabra en uso entonces unanimes y juzga rítmicamente dañina la nota agregada: el mismo amanuense muestra en otros lugares un escrúpulo gramatical semejante (ibid., pp. 60-61, con referencia a L 55).
[10] Missale Romanum, editio typica tertia, Typis Vaticanis, 2002, Dominica XVII «per annum», p. 467, Ant. ad Introitum: Deus in loco sancto suo; Deus qui inhabitare facit unanimes in domo, ipse dabit virtutem et fortitudinem plebi suae.
[11] Messale Romano, tercera edición italiana, Fundación de religión Santos Francisco de Asís y Catalina de Siena, 2020, domingo XVII del Tiempo ordinario, Antífona de entrada. La formulación y la referencia «cf. Sal 67,6.7.36» se reportan también en la página litúrgica oficial de la CEI del 26 de julio 2026.
[12] Messale Romano, segunda edición italiana, 1983, domingo XVII del Tiempo ordinario: «a los abandonados los hace habitar una casa»; Messale Romano, tercera edición italiana, 2020: «quién se encuentra solo lo hace habitar una casa». cfr. Biblia CEI 1974, Sal 67, 7: «a los abandonados Dios los hace habitar una casa»; Biblia CEI 2008, Sal 68,7: «A quien se encuentra solo Dios lo hace habitar una casa».
[13] Misal Romano, edición para México, domingo XVII del Tiempo ordinario; el texto es reportado también en el misal digital de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Para España, Misal Romano, tercera edición, en uso también en Bolivia, Paraguay y Uruguay.
[14] Conferencia Episcopal Española, Sagrada Biblia. Versión oficial, Sal 68(67), 7: «Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece».
[15] Liturgiam authenticam (2001), n. 24.
[16] ibid., n. 38.
[17] ibid., n. 41 e 41b.
[18] ibid., n. 49.
[19] ibid., n. 36.