Martes, 21 Julio 2026

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Ecce Deus adiuvat me (He aquí que Dios me ayuda)

Ecce Deus adiuvat me (He aquí que Dios me ayuda)

Una mistagogia en acción en el Domingo XVI del Tiempo Ordinario, año A. Dieciséis siglos antes de su encuentro en la celebración, San Agustín ya había leído Rom 8 dentro del Salmo 53.

Averte mala inimicis meis, in veritate tua disperde illos. «Aleja el mal de mis enemigos; en tu verdad, dispérsalos». Es la oración colocada en los labios de la asamblea el domingo XVI del tiempo ordinario, año A, cuando la Schola canta el Introitus del Graduale Romanum. Poco después, en el Evangelio de la cizaña, los siervos formulan la misma impaciencia: «¿Quieres que vayamos a recogerla?». El dueño del campo responde: «No, dejen que una y otro crezcan juntos hasta la cosecha».

El formulario deja que la asamblea pronuncie completa su oración y después la expone a la escucha de la Palabra. En el paso de la petición impaciente al tiempo manso de Dios toma forma una mistagogia en acción.

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La oración de entrada

El texto cantado es Sal 53, 6-7 (Graduale Triplex, p. 307):

Ecce Deus adiuvat me,
et Dominus susceptor est animae meae:
averte mala inimicis meis,
in veritate tua disperde illos,
protector meus Domine.

He aquí que el Señor me ayuda,
y el Señor es el sostén de mi alma:
aleja el mal de mis enemigos,
en tu verdad, dispérsalos,
Señor, mi protector
.

La primera parte es una confesión de confianza, y gira alrededor de susceptor, que traduce el griego ἀντιλήμπτωρ de la Septuaginta: no es un ayudante que da una mano desde fuera, sino aquel que toma sobre sí, aferra y sostiene. Quien atraviesa el umbral se declara “llevado”.

Después la segunda parte. La asamblea pide la dispersión de los enemigos, y lo pide con más fuerza de lo que hace el salterio: en donde el texto bíblico anuncia al futuro – avertet, Dios alejará el mal – el canto entona un imperativo: averte, aléjalo. [1] La certeza se ha vuelto petición. No la “domestiquemos”: la Iglesia entra a Misa, este domingo, pidiéndole a Dios que quite de en medio a quien le hace daño. Es la oración, a menudo imperfecta, tal como sabemos hacerla: sincera, herida, impaciente.

Las peticiones, sin embargo, se dirigen a Dios. El orante no extiende la mano sobre sus enemigos; confía. Y confía in veritate tua, en la verdad de Dios, no en su propia percepción del mal. El resto lo dice la música.

Lo que la melodía encierra

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Sigo aquí, para el análisis melódico, las observaciones de Dom Johner, enriquecidas por la lectura reciente de Liborius Lumma. [2] El Introitus está en modo V y se abre con una seguridad casi física: el Ecce ataca sobre la cuerda dominante y la primera frase se extiende con la amplitud de quien constata, no de quien implora. Lumma siente en ello el perfil de un acorde mayor desplegado, un orgullo que es al mismo tiempo humildad, porque lo que hace sentir orgullosos es un don. Desde averte el movimiento se hace inquieto: la tradición manuscrita pide un retraso sobre mala, después una aceleración conduce hacia la tensión que se hace densa en illos. La melodía no censura la agitación que provoca el mal: la deja aflorar. Con protector meus el canto vuelve al clima del inicio y el cierre sobre Domine se aquieta en los mismos puntos de vértice melódicos del Ecce Deus inicial.

La forma de la antífona es, entonces, un marco: la imprecación está dentro, entre Deus adiuvat me y protector meus Domine, entre la ayuda y la protección. El disperde illos no tiene la última palabra. También el texto colabora: las tres palabras finales no pertenecen al versículo del salmo; el canto las ha agregado, cerrando la oración no en el pronombre de los enemigos sino en un nombre de Dios. Y las toma, con toda verosimilitud, del cierre del Salmo 58, 12; disperge illos in virtute tua, et depone eos, protector meus Domine, un versículo que se abre con las palabras ne occidas eos, no los mates. [3] Si la derivación es confirmada también en el plano de las variaciones, la última palabra de la antífona viene del versículo de la petición de no matar: el canto cierra su imprecación citando al salmo que pide el perdón.

El que entra cantando este Introitus, entonces, pide el juicio dentro de una confesión de confianza que circunda y rige la petición. Qué significa esto, lo dicen las lecturas.

La Palabra responde

La primera lectura (Sab 12, 13.16-19) revela quién es el Dios al que el Introitus ha invocado: «Tú, dueño de la fuerza, juzga con mansedumbre y gobiérnanos con mucha indulgencia, para que, cuando quieras, ejerzas el poder». Nada de la petición es negado: Dios es el protector, puede dispersar, la fuerza es suya y, precisamente por eso, no tiene prisa. Sólo quien es realmente fuerte puede permitirse esperar. Y la lectura se cierra con un verbo que huele “a escuela”: «has enseñado a tu pueblo que el justo debe amar a los hombres». La Iglesia italiana ha recogido esta lección en una oración: la Oración Colecta alternativa de este domingo pide que nos sostengan «la fuerza y la paciencia» de su amor. Son aparejadas porque en la acción de Dios son la misma cosa. [4] (El Misal Romano en su traducción para México no tiene una Oración Colecta alternativa [Nota del traductor]).

Pero la respuesta se hace más íntima con Pablo (Rom 8, 26-27), porque toca la cualidad misma de la oración de inicio: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad; no sabemos, de hecho, cómo orar de manera conveniente».

El latín hace evidente el llamado: Spiritus adiuvat infirmitatem nostram propone el mismo verbo del íncipit, Deus adiuvat me. Al adiuvat cantado por la asamblea responde el adiuvat del Espíritu. Con un cambio de lugar: la ayuda de Dios no consiste, ante todo, en hacer lo que le hemos pedido, sino en ayudar a nuestra propia incapacidad de pedir. También la petición entonada al inicio necesita ser “llevada”. Bajo la oración que sabemos hacer, ya gime «con gemidos inexpresables», la oración correcta. La liturgia no nos ha corregido la palabra antes de pronunciarla: nos ha dejado decirla completa, porque el Espíritu intercede bajo nuestras palabras, no en su lugar.

Finalmente, el Evangelio (Mt 13,24-43), en donde los servidores de la palabra repiten la petición que la asamblea cantó al entrar: «¿Quieres que vayamos a recoger la cizaña?», es el disperde illos en forma de petición operativa. El dueño responde: «No, porque no vaya a suceder que, al recoger la cizaña, con ella arranquen también el trigo. Dejen que una y otro crezcan juntos hasta la cosecha». El juicio no se niega: es diferido y reservado. Vendrá la cosecha, vendrán los que cosechen. Pero no son los siervos y no es ahora. Las raíces del trigo y de la cizaña están entrelazadas y a menudo entran en el mismo corazón; el que arranca hoy, arranca también lo que Dios está haciendo crecer.

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San Agustín, al comentar precisamente el Salmo 53, había encontrado todo esto ya en el título del salmo: David oculto entre los Zifitas que lo denuncien ante Saúl. Los Zifitas, que él lee como los «florecimientos», es imagen de los que prosperan ahora, mientras que él justo permanece oculto y no envidia su florecimiento. Y anota que ese retraso no los benefició ni tampoco dañó a David: los enemigos actúan, pero no deciden la historia. [5] El salmo de la entrada llevaba inscrita, desde el título, la escena de la cizaña. Y en la misma Enarratio San Agustín cita expresamente Rom 8, 26 – quid enim oremus sicut oportet, nescimus: [6] dieciséis siglos antes que el Leccionario del año A uniera el Salmo 53 y Romanos 8, él ya lo había leído uno dentro del otro.

La oración transformada

Ant. ad introitum – Ps 53, 6.8

Ecce Deus adiuvat me,
et Dominus susceptor est animae meae.
Voluntarie sacrificabo tibi,
et confitebor nomini tuo, Domine,
quoniam bonum est.

Queda la otra forma. El Misal, desde 1970, propone como antífona de entrada un texto distinto: conserva el íncipit y sustituye la imprecación con otro versículo del mismo salmo: voluntarie sacrificabo tibi, «a ti con alegría ofreceré sacrificios y alabaré tu nombre» (Sal 53, 6.8). [7] Sería fácil leer en él solamente una censura, y la pena moderna por el averte mala está documentada desde el interior de la discografía gregoriana. [8] Pero la redacción del Misal diseña un itinerario que tiene su propia verdad: de la ayuda recibida al ofrecimiento voluntario – y el eco adiuvat me / Spiritus adiuvat resuena en él incluso de manera más directa. Dos recorridos reales. El del Graduale custodia, sin embargo, algo que ningún otro texto del domingo dice: que se puede llevar ante Dios incluso la oración que no sabemos todavía decir, y que él no la corrige antes de escucharla. La deja resonar completa, dentro del marco de su ayuda y después, con mucha paciencia, responde.

El artículo original en italiano del P. Claudio Campesato se puede leer en su Blog "Pes Allegoricus" haciendo click AQUÍ

Notas

[1] Psalterium Gallicanum, Sal 53,7: avertet mala inimicis meis.

[2] D. Johner, The Chants of the Vatican Gradual, Collegeville 1940, pp. 279-280; L. Lumma, Introitus: 16th Sunday in Ordinary Time, PrayTell, 16 luglio 2019.

[3] Sal 58,12 (Psalterium Gallicanum): Ne occidas eos, nequando obliviscantur populi mei; disperge illos in virtute tua, et depone eos, protector meus Domine.

[4] Misal Romano, ed. CEI, oración colecta alternativa del domingo XVI del Tiempo ordinario, año A.

[5] Agostino, Enarratio in Psalmum 53, sul titulus (ed. CCSL 39).

[6] Enarratio in Psalmum 53, 5.

[7] Missale Romanum, editio typica 1970 y siguientes, Dominica XVI per annum, ant. ad introitum; trad. it. del Misal CEI.

[8] J. F. Weber, reseña en Plainsong and Medieval Music 25 (2016).

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