El Communio “Passer invenit” entre Cuaresma y Tiempo Ordinario
1. Un canto en el domingo XV

En el domingo XV del Tiempo Ordinario el Graduale Romanum encomienda a la comunión un versículo del salmo 83: Passer invenit sibi domum, et turtur nidum, ubi reponat pullos suos: altaria tua, Domine virtutum, Rex meus et Deus meus (cf. Sal 83, 4 Vg, que escribe ponat en donde el canto coloca reponat). El gorrión encuentra una casa, la tórtola un nido donde coloca a sus pequeños: tus altares, Señor de los ejércitos.
(La antífona en italiano, y también en español, escribe «la golondrina»: el Misal traduce del hebreo, mientras que el canto latino sigue a la Septuaginta y a la Vulgata, que escriben turtur, es decir tórtola. Nota del traductor).
En el año A el mismo domingo proclama la parábola del sembrador, que se abre como una imagen de signo contrario: la semilla caída en el camino, y los pájaros que vienen a devorarla (Mt 13, 4).
¿Qué ocurre cuando la antigua antífona resuena en el domingo del sembrador? Para responder es necesario saber primero qué es este canto y de dónde viene. Y es necesaria una palabra de la retórica antigua: la similitudo, «oratio traducens ad rem quampiam aliquid ex re dispari simile» (un discurso que coloca sobre una cosa, algo semejante a partir de una cosa distinta: Ps.-Cicerón, Rhetorica ad Herennium, IV, 45, 59). A diferencia de la metáfora, que funde dos términos en uno, la similitud los mantiene distintos y visibles y construye entre ellos un puente: sicut… ita – así como el gorrión, también el alma. El gorrión sigue siendo gorrión y el alma sigue siendo alma; entre ellos, sin embargo, se abre un paso que puede recorrerse.
Es exactamente la forma en la que la liturgia de este domingo proclama en la primera lectura. Isaías construye una similitud que se logra en todas sus partes: «Quomodo descendit imber et nix de caelo et illuc ultra non revertitur… sic erit verbum meum» (Is 55, 10-11). Así como la lluvia y la nieve, así es mi palabra: los dos términos permanecen distintos – la lluvia sigue siendo lluvia, la Palabra sigue siendo Palabra – y el puente es declarado por el texto mismo: el descenso, la irrigación, el regreso que no está vacío. Aún antes que los retóricos la definieran, la Escritura ya la practicaba; y la liturgia, uniendo esta lectura al Evangelio del sembrador, muestra que conoce bien la diferencia entre ambas formas: la parábola de Mateo no declara el puente, lo confía a quien escucha.
2. La primera casa del canto
El texto pertenece al salmo del deseo de la casa de Dios: «Quam dilecta tabernacula tua, Domine virtutum!» (qué bellas son tus moradas, Señor de los ejércitos: Sal 83, 2 Vg). Casiodoro, comentando el versículo, reconoce que ambas especies de aves son colocadas en el texto precisamente para recomendarnos una similitud (Expositio psalmorum, in Ps. 83: CCSL 98). El gorrión, observa, vuela muy velozmente y no soporta vivir en los bosques: busca para sí mismo una casa en la cavidad de los muros, y cuando la encuentra se alegra por ello, porque ya no tiene miedo de las emboscadas. Así el alma se alegra cuando sabe que una morada le es preparada. La tórtola, en cambio, al ser muy casta, no busca una casa ya hecha: el nido para sus pequeños lo construye ella misma. Y los altares del Señor completan la frase que el deseo del primer versículo había comenzado: son ellas las bellas moradas.

Este canto tuvo durante siglos, en el calendario romano, una casa precisa: el tercer domingo de Cuaresma. En ese tejido litúrgico razonaba junto al Evangelio del endemoniado mudo (Lc 11, 14-28), y allí podía ser escuchado con una exactitud sorprendente. Sicardo de Cremona, al comentar ese domingo, ve en la Comunión la alegría del mudo que se vuelve alguien que ora (Mitrale: PL 213): el hombre liberado encuentra tanto la voz como la morada. Su cuerpo ya no es una casa ocupada por el espíritu inmundo, que amenaza volver con otros siete peores (Lc 11, 26); el hombre se ha mudado y finalmente puede decir en dónde vive: junto a tus altares. El Communio era el canto del mudo curado, ahora capaz de confesar junto a qué altares desea vivir.
3. Una melodía que desciende

Pero el canto no se limita a pronunciar la similitud del salmo: la ejecuta. Lo demostró William Peter Mahrt, a quien debemos uno de los análisis más penetrantes de este Communio (The Musical Shape of the Liturgy, CMAA, Richmond 2012, pp. 255-262; el ensayo apareció en Sacred Music 135/1, 2008). Un primer indicio es minúsculo: sobre la palabra turtur, tres neumas licuescentes consecutivos – Mahrt reconocen en ellos una verdadera onomatopeya – imitan el sonido emitido por la tórtola, sobre todo en los dos sonidos que mantienen la letra “r” de la sílaba repetida. Por un instante, aún antes de que el canto descienda hacia el nido, la tórtola se hace escuchar en la voz.
El segundo indicio es la forma misma de la melodía. El perfil acostumbrado del canto gregoriano es un arco: sube, toca una cima, y vuelve a su nota tónica o finalis. Cuando el arco no está presente, enseña Mahrt, hay que buscar la razón de ello en el texto. Aquí la razón es clara: todo el canto diseña un largo descenso, marcada por tres puntos particularmente evidentes. El primero implica la frase ubi reponat pullos suos y culmina, sobre pullos suos, con una cadencia de un característico color frigio; el segundo, el más memorable, llega sobre Rex meus et Deus meus, en donde el canto abandona la región en la que había vivido hasta allí y se establece una cuarta más abajo, como quien deja de buscar porque ha encontrado; el tercero recorre todo el descenso sobre in domo tua, casi como contemplando desde lo alto, una última vez, el camino recorrido.
La particularidad también es técnica y Mahrt la documenta con precisión: el canto no vive solo en un modo, sino que atraviesa tres de ellos. Comienza como un Modo II transpuesto a la octava, toca el Modo III en la cadencia de pullos suos, y sobre Rex meus et Deus meus se establece como de Modo I transpuesto a La – en donde el Si bemol anterior cede su lugar al Si natural, que la frase final tiene que reiterar cuatro veces para que la cadencia no deje dudas. La transposición a La tiene una razón gramatical exacta: sólo allí la escala medieval permite tener, en el mismo canto ambas notas Si – el bemol de la búsqueda y el natural de la llegada. Cantos como este, que comienzan en un tono y terminan en otro, la teoría siempre los había considerado con sospecha: Regino di Prüm, a inicios del siglo X, los llamaba nothi, bastardos (Epistola de harmonica institutione). Los revisores cistercienses del siglo XII, herederos de aquella severidad, advirtieron lo anómalo que resultaba el itinerario del Passer invenit y lo «corrigieron», reconduciendo el canto a un perfil más regular (Graduale Cisterciense, Westmalle 1960) – y precisamente así dieron testimonio, sin quererlo, de que los descensos de la versión antigua eran estructura, no accidente.
Habría que decir que, mientras que el gorrión busca su propia casa, también la melodía busca la morada en la cual poder finalmente posarse. El canto asume la dirección de la similitud: desciende, busca y encuentra. Mahrt, fallecido el primer día de 2025 mientras sus cantores velaban cantando los oficios, de este descenso que encuentra su casa fue testigo no sólo con un estudio sino con su propia vida y tránsito.
4. Un cambio de figuras

Volvamos ahora al domingo XV del año A, con el oído ya instruido. En el Evangelio los pájaros vienen y devoran la semilla que quedó a lo largo del camino (Mt 13, 4): son los ladrones de la Palabra, que la roban antes de que pueda germinar (Mt 13, 19).
Poco después, en la misma celebración, mientras los fieles se acercan al altar, la tórtola del salmo pone a sus pequeños precisamente junto a ese altar. La misma figura, a poca distancia, con el signo transformado: allá, la semilla robada antes de que viva; aquí, la vida custodiada y que se hace crecer junto al altar. No es una cercanía construida sobre la mesa de un estudioso: son dos imágenes que se escuchan dentro de la misma acción litúrgica.

La tradición ya había preparado esta transformación de una manera sorprendentemente compacta. En el mismo capítulo sobre los pájaros, Rabano Mauro interpreta primero a las aves de la parábola como los espíritus malignos que roban la semilla colocada a lo largo del camino – y el camino es «mens sedulo malarum cogitationum meatu trita atque arefacta», la mente desgastada y árida por el continuo paso de los malos pensamientos (De universo VIII,6,9: PL 111, su Lc 8) –; pocas líneas después, al citar precisamente nuestro salmo, da al nido la lectura opuesta: «nidus bona conscientia, in qua bonarum cogitationum fetus foventur atque in opera pariuntur» (el nido es la buena conciencia, en la cual los brotes de los buenos pensamientos son protegidos y dados a luz como: De universo VIII, 6, 12: PL 111). Los malos pensamientos pisotean el camino; los buenos nacen en el nido. La antítesis que la celebración hace resonar ya estaba escrita, completamente, en un solo capítulo carolingio. El Evangelio pregunta entonces si la Palabra encontrará una tierra en la cual hundir sus raíces; el Communio pregunta si encontrará también una casa – un nido, una conciencia – capaz de custodiar sus primeros brotes hasta transformarlos en obras.
Esta escucha tampoco es ajena a los libros reformados. Para el año A el Misal Romano italiano propone, como antífona alternativa para la comunión, precisamente la palabra de la semilla caída en buena tierra (Mt 13, 23) (El Misal Romano para México no hace esta propuesta. En cambio, propone el versículo 56 del capítulo 6 del Evangelio de Juan: El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él, dice el Señor. Nota del traductor). Los documentos sobre la redacción no nos dicen si quien asignó el Communio al domingo XV tendría en mente este encuentro; pero no es necesario saberlo: la congruencia no es un agregado del lector, está dentro del formulario.
Y la trama puede volverse más compleja incluso cuando, en la misma celebración, al salmo responsorial del Leccionario se une el aleluya del Graduale Romanum: Te decet hymnus, Deus, in Sion: et tibi reddetur votum in Ierusalem (Sal 64, 2 Vg) – el íncipit del mismo salmo que el responsorial apenas recorrió con los versículos de la tierra regada y de los valles cubiertos de trigo (Sal 64, 10-14). El Leccionario escucha la campiña del salmo, el Graduale la escucha como Sión; y el Communio conduce a ambas al altar, en donde la Iglesia responde casi a la letra al aleluya: al himno que se debe a Sión corresponden los bienaventurados que habitan su casa y alaban por los siglos (beati qui habitant in domo tua: in saeculum saeculi laudabunt te; cfr. Sal 83,5).

La liturgia no borra el significado antiguo del canto; lo pone junto a una pregunta nueva. En el contexto cuaresmal el Communio preguntaba: ¿has encontrado la voz? En el domingo del sembrador pregunta: la Palabra ¿ha encontrado en ti un nido? No es otro canto. Es el mismo canto, interrogado por otra Palabra. No es una escucha que sólo la lectura de los signos pueda agotar: como subraya el gregorianista Deivis Herrera González, la semiología revela sólo parcialmente lo que el canto gregoriano tiene que decir, y la hermenéutica viene en su auxilio abriéndose a la multidisciplinariedad («Hacia una hermenéutica del canto gregoriano», en VII Ciclo de Estudios Medievales. Actas del Congreso, Florencia 2021). Existe, de hecho, una teología que contribuyó a hacer nacer un canto, y existe una teología que puede nacer desde ese canto cuando la liturgia lo hace razonar dentro de un nuevo tejido de palabras y gestos.
5. Cuando la similitud es ejecutada
Podemos entonces responder a la pregunta inicial. Una melodía puede convertirse en similitud: no ilustrándola desde fuera, sino recorriéndola. El Passer invenit desciende con el gorrión, busca con el alma y se posa en los altares (Sal 83, 4-5). En el domingo XV del año A, mientras que el Evangelio muestra una Palabra que no logra habitar en el corazón pisoteado, el canto de comunión pregunta si en nosotros aún existe un lugar en el cual ella pueda hacer su nido.
No todos los años litúrgicos plantea al canto la misma pregunta: a veces la relación con las lecturas se impone con fuerza, otras veces es más tenue, casi confiada a una palabra marginal o un lugar apenas vislumbrado. Pero precisamente en esta alternancia se reconoce que el gregoriano no es un objeto inmóvil: es una palabra cantada que vive en los encuentros, a veces incluso en los silencios, preparados por la liturgia.
El artículo en su versión original en italiano se puede leer en el Blog del P. Claudio Campesato en el siguiente ENLACE
