Espiritualidad y Tareas del Ministro del Canto

Espiritualidad y Tareas del Ministro del Canto

La Instrucción General del Misal Romano en su tercera edición dice en su número 39:

Amonesta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando unidos la venida de su Señor, que canten todos juntos salmos, himnos y cánticos inspirados (cfr. Col 3, 16). Pues el canto es signo de la exultación del corazón (cfr. Hch 2, 46). De ahí que San Agustín dice con razón: “Cantar es propio del que ama”, mientras que ya de tiempos muy antiguos viene el proverbio: “Quien canta bien, ora dos veces”.

Instrucción General del Misal Romano

Un verdadero canto sagrado sólo se sostiene en la fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. No puede concebirse entonces a un Ministro del Canto que no tenga fundada su fe, en el Misterio Pascual que celebra en cada acción litúrgica y que no considera su servicio ministerial, como una respuesta al llamado previo que Cristo mismo le ha hecho al otorgarle los dones que le permiten desempeñar tal Ministerio.

Es pues importante que quien desempeña tal oficio, tenga una vida de oración que le permita ir descubriendo con cada vez mayor profundidad, el don de Cristo en cada uno de los hermanos y, abriéndose a la acción del Espíritu Santo, dejarse impulsar por su fuerza renovadora, para elevar cantos de alabanza y de júbilo ante el misterio revelado de saberse salvado por la pasión redentora de Jesucristo.

Debe ser también un hombre o mujer de comunidad, dispuesto a construir el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, siempre en colaboración de sus hermanos, poniendo especial atención en los más necesitados. Al formar parte del equipo litúrgico de sus comunidades, los Ministros del Canto deberán colaborar entonces con todos los demás involucrados en la tarea litúrgica, para lograr que todos y cada uno de los elementos de cada celebración, ayuden a fomentar la participación consciente, activa y fructífera de los fieles y buscando que su participación en la celebración, sea un elemento que coadyuve al objeto mismo de la liturgia, que es la gloria de Dios y la santificación y edificación de los fieles.

Escogerá entonces los cantos para ir cumpliendo con lo que la Liturgia pide para ese momento específico.

Durante la procesión de entrada, procurará que el canto elegido ayude a cumplir con la finalidad de abrir la celebración, promover la unión de quienes están congregados e introducir su espíritu en el misterio del tiempo litúrgico o de la festividad, así como acompañar la procesión del sacerdote y los ministros. Terminará dicho canto cuando el sacerdote que preside se haya ubicado en la sede.

Siempre que el sacerdote que preside realice un saludo cantado, el Ministro del Canto responderá cantando y fomentará con ello la respuesta cantada del pueblo.

Durante el acto penitencial, si la forma utilizada lo requiere, entonará el Kyrie que tiene el valor de acción litúrgica, por lo que el texto no deberá modificarse y siempre será preferible que lo cante junto con el pueblo.

Si la misa es dominical o de una solemnidad o así lo prescribe el calendario litúrgico, se entonará el Gloria sin modificar su texto, ya que también este antiguo himno constituye una acción litúrgica por sí mismo. También buscará que el pueblo intervenga en el canto, por lo menos repitiendo una aclamación aunque siempre será preferible que el pueblo cante todo el himno de alabanza.

Responderá a la oración colecta de manera que el pueblo pueda encontrar una guía en su canto y unirse a la respuesta que asume la oración realizada por el sacerdote.

Durante la Liturgia de la Palabra, guardará un silencio sagrado mientras se proclaman las lecturas y se unirá a la antífona del salmo propuesta por el salmista, ayudando al pueblo a responder a la Palabra proclamada.

Cantará la aclamación antes del Evangelio invitando a la asamblea a unirse al canto de la misma y se incluirá en este canto la Antífona correspondiente al día, sin sustituirla por otro texto. Si la celebración es de Pascua o Pentecostés, también cantará la Secuencia correspondiente, antes de dicha aclamación.

Durante la homilía y breves momentos después de la misma, guardará un silencio sagrado que le permita profundizar en la Palabra escuchada, así como en la catequesis del sacerdote, pero también para servir a la comunidad buscando no distraerla.

De preferencia se cantará la profesión de fe, ya sea en su texto completo, que no deberá ser modificado, o al menos utilizando un estribillo que pueda repetir el pueblo mientras el coro o el ministro canta el resto del texto.

Durante la Oración Universal, una vez que el sacerdote celebrante la ha introducido, el Ministro del Canto puede proponer las intenciones desde el ambón y la respuesta puede ser cantada por todo el coro, impulsando al pueblo a cantar todos juntos.

Cuando se realiza la presentación de los dones, acompaña a la procesión del pan y el vino el llamado canto de ofertorio, que se prolonga por lo menos hasta cuando los dones hayan sido depositados sobre el altar y que puede acompañar incluso a la incensación del altar, las especies eucarísticas, la cruz, los ministros ordenados y el pueblo. Aún cuando no haya procesión de ofrendas, el canto de ofertorio puede asociarse a este rito pues siempre lo acompaña y no tiene valor de acción litúrgica por si mismo. El canto debe terminar cuando el sacerdote ha terminado el rito de purificación.

De igual forma que en la Oración colecta, responderá con el canto a la oración sobre las ofrendas pronunciada por el celebrante, impulsando al pueblo a responder cantando.

Durante la Plegaria Eucarística, cantará todas aquellas respuestas a las aclamaciones y/o saludos del Prefacio que el celebrante haya cantado y cantará en su momento el Santo sin modificar su texto, ya que este canto constituye una acción litúrgica por sí mismo y por tanto deberá cantarlo con todo el pueblo. Después de la Anámnesis, si la aclamación Mysterium fidei o su equivalente en lengua vernácula es cantada, responderá cantando y exhortando a los fieles a cantarla también. Cantará el Amén solemne después de la Doxología final, de manera que el pueblo también se una al canto de esa aclamación.

Cuando el sacerdote celebrante invite a hacer la oración del Padre Nuestro, la cantará junto con todo el pueblo, en caso de que el sacerdote haya invitado a hacerlo. Habrá que tener presente que si la oración dominical se canta, no se reza y si se reza, no se canta. Es conveniente que si la oración del Señor se ha cantado, también se cante su doxología.

Durante el rito de paz, como se lee en las Orientaciones Pastorales para la Música Sagrada de la Conferencia del Episcopado Mexicano, es preferible no dar cabida a un canto de paz, por lo que será conveniente solamente dar sobriamente la paz a quien esté cerca y esperar el momento de la fracción del pan para entonar el Agnus Dei, que deberá incluir a todo el pueblo. No es correcto cantar este canto mientras se hace el signo de paz, ni tampoco modificar su texto pues éste es parte de la acción litúrgica.

Mientras el sacerdote celebrante toma el Cuerpo de Cristo, iniciará el Canto de Comunión que debe expresar, por la unión de las voces, la unión espiritual de quienes comulgan, manifestar el gozo del corazón y esclarecer mejor la índole “comunitaria” de la procesión para recibir la Eucaristía. El canto se prolonga mientras se distribuye el Sacramento a los fieles. Este canto lo puede hacer el coro solo, el coro con el pueblo o un cantor con el pueblo y concluirá cuando haya terminado de comulgar el último de los fieles, después de lo cual se guardará un momento de silencio sagrado. También puede, si se juzga conveniente, cantar algún himno o salmo que favorezca la meditación y la oración personal.

El Ministro del Canto también deberá buscar el modo más adecuado para participar de la comunión eucarística en el momento más oportuno. No puede pensarse en un Ministro del Canto que no participe del banquete del Señor.

Durante los ritos conclusivos, finalmente, se responderá cantando a la oración post-comunión, al saludo del sacerdote, a la bendición y a la despedida ya sea por parte del diácono o del sacerdote celebrante, si así fue la forma utilizada por los ministros ordenados.

El canto de salida no es ya parte de la acción litúrgica, por lo cual puede perfectamente omitirse, sobre todo en los domingos de Cuaresma. En caso de realizarse, siempre será preferible que sea breve y que tenga un sentido de envío a la misión o de acción de gracias.

Hasta aquí las tareas propias del Ministro del Canto, solamente en la Celebración Eucarística. El mismo tipo de consideraciones deben hacerse al abordar la celebración de los otros sacramentos, cuando éstos incluyan la celebración con la comunidad, así como la celebración de sacramentales, en los que siempre deberá tenerse en cuenta lo dispuesto en los distintos rituales ya existentes y hacer las mismas observaciones con respecto al grado de participación que ya indica la Instrucción Musicam sacram.