Viernes, 03 Julio 2026

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Solo quien recibe la Tradición con humildad puede interpretarla con verdad

Solo quien recibe la Tradición con humildad puede interpretarla con verdad

En estos días, ante el anuncio de nuevas ordenaciones episcopales para el pasado 1º de julio, ha vuelto a aparecer una pregunta antigua y delicada: ¿qué significa invocar la Tradición cuando están en juego la sucesión apostólica, la comunión eclesial y la forma litúrgica recibida?

No se trata de reducir un problema eclesial complejo a un asunto de calendario. La ordenación de un Obispo toca la comunión de la Iglesia, la sucesión apostólica y el vínculo visible con el Sucesor de Pedro. Pero, precisamente por eso, los detalles litúrgicos no son secundarios. En la liturgia, la tradición no vive sólo en grandes principios abstractos; vive también en formas recibidas, días, rúbricas, gestos y vínculos eclesiales.

Ya una fuente litúrgica antigua, transmitida bajo el nombre de Traditio apostolica y situada habitualmente en torno al siglo III, recuerda que el Obispo sea elegido con el consentimiento del pueblo y que, reunidos el pueblo, el presbiterio y los Obispos presentes, la ordenación tenga lugar en el día del Señor. El dato es significativo: el episcopado no aparece como una función aislada, sino como un ministerio recibido en el seno de la Iglesia reunida, bajo el signo pascual del domingo.

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Precisamente en esa obra de comentario e interpretación simbólica de la liturgia, el mismo Durando, al leer el sentido del rito, explica que la consagración episcopal debería celebrarse siempre en domingo y a la hora tercia porque los Obispos ocupan el lugar de los Apóstoles, a quienes el Espíritu Santo fue dado en Pentecostés a la hora tercia (Rationale divinorum officiorum, II, 11, 6). Dicho de otro modo: la lectura simbólica medieval no inventa una tradición alternativa; interpreta una forma recibida. La alegoría no sustituye la rúbrica, sino que la comenta.

Esta distinción es decisiva. Una cosa es interpretar simbólicamente una tradición histórica. Otra cosa es sustituir la tradición histórica por una interpretación simbólica construida después. En el primer caso, el símbolo nace de la forma litúrgica recibida. En el segundo, corre el riesgo de convertirse en justificación posterior de una decisión ya tomada.

La tradición católica no es enemiga del símbolo. Al contrario: vive de símbolos, signos y lecturas espirituales. Pero el símbolo litúrgico no es pura imaginación religiosa: necesita una forma que lo sostenga. Sin inteligencia espiritual, la tradición se seca; sin forma recibida y verificable, el símbolo se vuelve arbitrario.

Por eso, quien invoca la Tradición con mayúscula debería mostrar una particular paciencia ante la tradición concreta: libros litúrgicos, calendario, rúbricas, praxis recibida, comunión eclesial. No basta decir que se defiende lo que la Iglesia siempre ha creído y practicado. Hay que preguntarse también si se respeta realmente la forma con que la Iglesia ha querido practicarlo.

Esta sensibilidad llega también a la tradición romana posterior. En el Pontificale Romanum, cuya edición romano-tridentina fue publicada a finales del siglo XVI, el rito de la consagración episcopal conserva una rúbrica muy clara: Statuta die consecrationis… El día establecido para la consagración debe ser domingo, o el natalicio de los Apóstoles, o también otro día festivo si el Sumo Pontífice lo concede especialmente (Pontificale Romanum, De consecratione electi in episcopum).

La rúbrica no es un adorno. Une tres elementos: el domingo, como día de la Resurrección; los Apóstoles, como fundamento de la sucesión episcopal; y la concesión del Papa, como signo de comunión. La forma litúrgica no sólo organiza una ceremonia: expresa una eclesiología. El Obispo no recibe una misión privada, sino una misión apostólica dentro de una comunión que lo precede y lo sostiene.

No se trata, además, de una tradición marginal. El Pontifical de Guillermo Durando, compuesto a finales del siglo XIII, fue una etapa decisiva en la formación del Pontifical romano. Revisado para la primera edición impresa de 1485, entró en la línea que desembocó en el Pontifical romano postridentino. Por eso es significativo que el mismo Durando, en su Rationale divinorum officiorum, no trate la forma recibida como un detalle exterior, sino como portadora de sentido.

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El problema, por tanto, no es si el 1º de julio, fiesta de primera clase de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en el calendario romano de 1962, puede sugerir una lectura espiritual intensa y teológicamente bella. Pero la belleza de una lectura no dispensa de la forma. Y en 2026 esa fecha cae en miércoles: no es domingo ni natalicio apostólico. Precisamente por eso entra en el tercer caso previsto por la rúbrica: una fiesta que, para servir como día de consagración episcopal, requiere una concesión especial del Sumo Pontífice.

La Tradición no se improvisa. Se recibe. Y sólo quien la recibe con humildad puede interpretarla con verdad.


Publicado originalmente en "El Debate" (Madrid, España) el 1 de julio de 2026.

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